Se acerca á sus estantes, hace sitio en la mesa, trae un rimero de libros gruesos, en medio folio. Empieza á volver hojas. Los grabados, sin arte, sencillos en su impudor, atraen y repelen á la vez la mirada. La explicación, sin bordados, escueta, grave, es el complemento, la clave de las figuras. Bascas y salivación me revelan el sufrimiento íntimo; el médico, á la altura de las circunstancias, sin malicia, sin falsos reparos, enseña, señala, insiste, cuando lee en mis turbias pupilas que no he comprendido.
A veces, la repulsión me hace palidecer tanto, que interrumpe, me da un respiro y me abanica con un número de periódico...
¡Qué vacunación de horror! Lo que más me sorprende es la monotonía de todo. ¡Qué líneas tan graciosas y variadas ofrece un catálogo de plantas, conchas ó cristalizaciones! Aquí, la idea de la armonía del plan divino, las elegancias naturales, en que el arte se inspira, desaparecen. Las formas son grotescas, viles, zamborotudas. Diríase que proclaman la ignominia de las necesidades... ¿Necesidades? Miserias...
—Siento náuseas—suspiro al fin. ¿Á dónde cae esta ventana, doctor?
—A un patio interior... No soy rico... Mi sueño sería tener un jardín del tamaño de un pañuelo... Espere usted, abriremos la puerta...
De mi saco de malla entretejida con diamantitos, extraigo el frasco de oro y cristal de las sales. Respiro.
—Adelante... El mal camino, andarlo pronto...
—Creo, señorita, que está usted haciendo una locura. Tengo escrúpulos.
—Adelante he dicho... No va usted á dejarme á la mitad de la cuesta.
Y me acerco al libro, rozando el brazo de este hombre que no es viejo, ni antipático, y con el cual me siento tan segura, como pudiera estarlo en compañía del sepulturero.