—La función, señorita, no será hermosa; pero es necesaria. Por necesaria, la naturaleza la ha revestido de atractivo, la ha rodeado de nieblas encantadoras. La especie exige...
—Yo no quiero nada con la especie... Soy el individuo. La especie es el rebaño; el individuo es el solitario, el que vive aparte y en la cima. Y, á la verdad, me previene en contra esa vergüenza acre, triste, esa vergüenza peculiar, constante y aguda. Por algo pesa sobre ello la reprobación religiosa; por algo la sociedad lo cubre con tantos paños y emplea para referirse á ello tantos eufemismos... No se coge con tenacillas lo que no mancha.
—Tal vez hipocresía... Usted, señorita, antes de entrar en los infiernos adonde voy á guiarla, ¡acuérdese del Paraíso! ¡De la maternidad! ¡La sagrada maternidad!
Una ironía cruel me arrancó una frase, cuyo alcance el Doctor no pudo medir.
—¡También yo he tenido madre... madre muy tierna!
El médico, de una ojeada, me escrutó.
—¿Está usted de prisa?
—Nadie me aguarda...
Tocó un timbre, y la criada lugareña se presentó, clavándome unos ojuelos zainos, de desconfianza.
—Cipriana, no estoy en casa. Venga quien venga, que no entre.