Abozalada así la fatuidad inmortal del varón, avancé con más desembarazo.

—Alguna observación personal, Sr. Barnuevo, ha sustituído ya en mí á la experiencia... que acaso no tendré nunca.

—Debo advertirle á usted que la experiencia en la plena acepción de la frase, es algo quizás insustituíble... al menos en este terreno que pisamos. Todas mis... enseñanzas, no romperán cierto velo...

—Puede que sea así; pero ya, al través de ese velo, la verdad resplandece. ¡Si casi diría que ha resplandecido, aun antes de oir sus doctas explicaciones de usted! Permítame, doctor, que le entere de lo que he percibido yo, profana... Pues he notado que el sentimiento más fijo y constante que acompaña á las manifestaciones amorosas es la vergüenza. ¿Me equivoco?

—No le falta á usted razón... ¡Es una idea!...

—¿Y no encuentra usted que esa vergüenza tan persistente, tan penosa, tan humillante, es como una sucia mosca que se cae en el néctar de la poesía amatoria y lo inficiona, y lo hace, para una persona delicada, imposible de tragar?

—Señor... ita, ¡hay quien no conoce ni de nombre la vergüenza!—arguyó festivo.

—¡Ay, Doctor, voy á contradecirle! Perdone; en cuanto me explique, usted va á estar conforme, porque es más observador que yo, pobrecilla de mí... Excepto algún caso que será ya morboso, esta dolorosa vergüenza no se suprime ni en medio de la abyección. Se ocultará bajo apariencias, pero existe, y á veces ¡se revela tan espontánea!

—¡Pues lo confieso!—asistió.—¡Hay cinismos, en ciertas profesiones, que no son sino vergüenza vuelta del revés!

—¿Y eso, no significa...? Doctor, ¿se avergüenza nadie de lo hermoso?