—No se trata sino de que usted me explique algo que no entiendo...

Y me explayo, y manifiesto mi pretensión y la razono y la apoyo y argumento: es probable que me case pronto, es casi seguro...

—¿Quién se puede comprometer á lo que desconoce? ¿No lo cree usted así, doctor? Y de estas cosas no se habla tranquilamente con un novio... ¿A que soy la primera mujer que dirige á un médico tal pregunta?

En la sorpresa de Barnuevo creo percibir una especie de admiración. Insisto, intrépida, redoblando sinceridades. Refiero lo de Granada sin muchas veladuras. Y, según crece mi franqueza, en el espíritu del médico se derrumban defensas. Voy apoderándome de él.

—No sé si lo que usted me pide es bueno ó malo... De fijo es singular...

—Arduo, ¿por qué? Malo, ¿por qué? ¿Es usted un esclavo del concepto de lo malo y lo bueno? Nosotros, á nosotros mismos, nos cortamos el pan del bien; nosotros nos dosificamos el tósigo del mal.

—Seguramente es usted una señora...

—¡Señorita!

—¡Ah, claro! ¡Naturalmente!—sonrió.—Una señorita excepcional. Por eso me prestaré á lo que usted quiera. ¿Hasta qué límite han de llegar mis lecciones?

—Hasta donde empieza mi decoro... el mío, entiéndame usted bien, el mío propio, no el ajeno. Y mi decoro no consiste en no saber cómo faltan al decoro los demás. El límite de mi decoro no está puesto donde el de otras; pero, en cambio, es fijo é inconmovible; creo que usted, doctor, entiende á media palabra.