El médico... ¿Pero cuál? Doña Catalina había tenido varios: algunos, eminentes; otros, practicones. Ninguno de ellos, sin embargo, me pareció á propósito para recurrir á su ciencia. ¡Ciencia! Me reí á solas. ¡Si eso lo sabe el mozo del café de enfrente, el tabernero de la esquina! ¡Vaya una ciencia, la de la manzana paradisiaca!...
Supuse, no sé por qué, que la explicación me sería más fácil con un doctor desconocido del todo. Decidí fiar á la casualidad la elección del que había de batirme las cataratas. Y una tarde salí al azar, recordando unas señas, un anuncio, leído la víspera en un diario. No eran señas de especialista—¡oh, qué anticipada repugnancia!—sino de quien solicita clientela; probablemente, un joven... En tranvía, luego á pie, hago la caminata. Calle retirada, casa mesocrática, portera de roja toquilla. He aquí el templo de los misterios eleusiacos...
Trepo al tercero, con honores de segundo, en que vive tanta gente de medio pelo. Una cartela de metal—Doctor Barnuevo, de tres á cinco...—La suerte me protege; no hay nadie en la consulta. Es probable que esta suerte frecuente la antesala del doctor Barnuevo...
Una criada moza, lugareña, me hace entrar; el médico me mira impresionado por mi aspecto de mujer elegante, vestida en París, que lleva un hilo de perlas medio escondido bajo la gola de la blusa. Todo esto, quizás no lo analiza el doctor al pronto, pero lo nota en conjunto; y, respetuoso, me adelanta una silla.
El doctor es todavía joven, efectivamente, pero calvo, precozmente decaído, de sonrisa forzada, de ojos entristecidos, de barba obscura, en que ya hay sal y pimienta. Se le nota la juventud en los blancos dientes, en la voz, en todo—á pesar del desgaste y de la fatiga tan visibles.—Inicia un interrogatorio.
—No, si no padezco de nada... Vengo á pedirle á usted un servicio... extraño. Muy grande.
Una zozobra, un recelo repentino, hacen que se enrojezca un poco la tez de marchita seda del doctor. Sonrío y le tranquilizo.
—Señora...
—Señorita...
—Bien, pues señorita...