Si eso fuese amor, yo me reiría de mí misma, y con tal desprecio me vería que... Y si fuesen celos, la repugnancia que me infunde la hipótesis de Octavia abrochándome mi collar de perlas, de su mano rozando mi piel; si fuesen celos estos ascos físicos, me encontraría caricaturesca. De todos modos, he descubierto en mí una bestezuela brava..., á la cual me creía superior. Á la primer mordida casi entrego mi vida, mi alma, mi porvenir, á cambio...
¿A cambio... de qué? ¿De qué, vamos á ver, Lina?
¡Es gracioso, es notable! Lo ignoro. Nada, que lo ignoro. ¿Será ridículo? ¡Pues... lo ignoro, ea!
Soy una soltera que ha vivido libre y que no es enteramente una chiquilla. He leído, he aprendido más que la mayoría de las mujeres, y quizás de los hombres. Pero ¿qué enseñan de lo íntimo los libros? Mis amigos de Alcalá han tenido la ocurrencia de llamarme sabia. ¡Sabia, y no conozco la clave de la vida, su secreto, la ciencia del árbol y de la serpiente!
¡De esas analfabetas que en este momento atravesarán la calle; modistuelas, criadas de servir, con ropa interior sucia y manos informes..., pocas serán las que, á mi lado, no puedan llamarse doctoras! Y lo terrible para mí, lo que me vence, es el misterio. ¡Mi entendimiento no defiende á mi sensitividad; ignoro á dónde me lleva el curso de mi sangre, que tampoco veo, y que, sin embargo, manda en mí!
Cierro los ojos y vuelvo á oir el balbuceo de José María, que halaga, que sorbe golosamente mis párpados con su boca...
—¡Sangresita mía...!
¡Ah! ¡Es preciso que yo indague lo que es el amor, el amor, el amor! Y que lo averigüe sin humillarme, sin enlodarme. ¿Pero cómo?
¿Adquiriendo ciertas obras? Entre lo impreso y la realidad hay pared. ¿Disfrazándome á lo Maupín...? No, porque yo no busco aventura, sino desengaño. Quiero viajar, y antes, como se traga una medicina, tragar el remedio contra las sorpresas de la imaginación.
Asociando la idea de la lección que deseo á la de una droga saludable, me acude la memoria de una lectura, la del Médico de su honra. La intervención del Doctor en un asunto de honor y celos; la ciencia médica como solución de los conflictos morales, me había sorprendido. No podía ser un verdugo cualquiera el que «sangrase» á doña Mencía de Acuña, sino Ludovico, el médico. Y evocaba también á los personajes y reyes que del médico se sirvieron en críticos trances, para las eficaces mixturas deslizadas en un plato ó en una copa... El médico, actor en el drama físico, como el confesor en el moral...