Hice con los dedos el castañeteo elocuente que indica «Frrrt... voló».
Violento en la mímica, por su origen italiano, Farnesio se cogió la cabeza con ambas manos, tartamudeando:
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué va á pasar aquí!
—¡Nada!—respondo al tun tun, puesto que en sustancia desconozco lo que puede pasar, aunque sospecho por donde van los terrores de mi... intendente.
—¡Sea como tu quieras!—suspira desde lo hondo D. Genaro.
—Así ha de ser... Oiga usted: es preciso remitir hoy mismo á mi prima Angustias, los pendientes y el broche de esmeraldas que fueron de mi... de mi tía, doña Catalina, que en gloria... ¡Ah! Deseo preguntar por teléfono al Conserje del Consulado inglés si pueden encargar para mí á Inglaterra una buena doncella, lo que se dice superior, sin reparar en precio. Lo mejor que se gaste. Propina fuerte para el intermediario...
—Ya me parecía á mí que la tal francesita... ¡Qué fresca! Bien me lo avisó Eladia... Hasta á mí me hacía guiños... Tuve que tomar con ella un aire... ¿Dónde se ha quedado semejante pécora?
Sonrío y me encojo de hombros.
—Llegará en el tren de la tarde con mis baules. Me hace usted el favor de ajustarle la cuenta, gratificarla y despacharla. Es que deseo practicar un poco el inglés.
A solas, repantigada en mi serre diminuta, recuerdo el breve episodio granadino. No para exaltar mi indignación contra lo demás, sino para zampuzarme en mí misma. ¿Cómo me dejé arrastrar por el instinto? Al rendirme—porque moralmente rendida estuve—á un quidam, pues José María no es un infame, como diría una celosa, pero es el primero que pasa por la acera de enfrente—yo también me conduje como cualquiera... ¿Fué malo ó bueno ese instinto que por poco me avasalla? Quizás sea únicamente inferior; una baja curiosidad. ¿Y no hay más amor que ese?