—¿Es su abogado de usted?

—Sí, duquesa.

Después, salen á plaza los trajes. Mi atavío gris, de alivio, mi sombrero, sobre el cual vuela un ave de alas atrevidas, ave imposible, construída con plumas de finísima batista, enrizada no sé cómo y salpicada de rocío diamantesco, mis hilos de perlas magníficas, redondas; los detalles de mi adorno fijan la experta atención de la duquesa. Me encuentra á la altura; lo que llevo es impecable.

—¿Quién la viste?

Pronuncio negligentemente el nombre del modisto.

—¡Ah...!—La exclamación es un poema.—Claro, ese habrá de ser... Pero el bocado es carito...

Las preguntas, delicadamente engarzadas, continúan. ¿Tengo hermanos? ¿Vivo sola en Madrid? ¿Sigo á París? ¿A dónde iré á terminar el verano? Los proyectos de Suiza determinan una sonrisa discreta.

—Nuestro amigo Almonte también creo que suele ir por ese lado á descansar de sus fatigas políticas, parlamentarias y profesionales... ¡Qué porvenir tan brillante el de Almonte! Llegará á donde quiera. Su padre (en confianza), no ha alcanzado la talla de otros grandes políticos de su época: Cánovas, Sagasta, y aquel Silvela tan simpático, tan hombre de mundo... Pero como ahora unos se han muerto y otros están más viejos que un palmar, ¡pobres señores!—añadió la dama con juvenil, casi infantil alarde, que á pesar de todo no la sentaba mal—crea usted que Almonte... Yo no entiendo de eso; lo que pasa es que oigo; mi marido es muy aficionado, va al Congreso mucho... El sol que nace, es Almonte.

Completé el elogio. La duquesa me hizo coro. La hermana insignificante suspiró.

—Es lástima que sus ideas...