Le miro con risueña benignidad. ¡Le agradezco tanto que, aunque sea con artificios, me escamotee el horripilante recuerdo, del cual estoy enferma aún! Tiene el arte de tratarme como yo deseo ahora ser tratada; de engañar mi melancolía de convaleciente con perspectivas que, sin arrebatarme, me distraen.

—Amiga Lina, hay cosas que, antes de conocerlas, parecen encerrar el secreto de la felicidad, y cuando se conocen, son más amargosas que la muerte. De esas cosas es preciso huir. Todos hemos tenido veinticinco años, y sufrido vértigos y rendido tributo á la engañifa, á las farsas, á los faroles de papel con una cerilla dentro... Ya vemos más claro. Otra lucha, ardiente, nos llama. Otro sport, como ahora dicen... ¿Usted supone que la mujer no puede jugar á ese juego? Vaya si puede. Detrás de cada combatiente suele haber una amazona; detrás de cada poderoso, una reina social. Consiéntame usted que, por lo menos, la inicie. Después, si no se pica usted al juego, nuestra amistad persistirá: siempre tendré igual empeño en que no se salga con sus malos propósitos Mascareñas. Le ajustaré las cuentas, no lo dude usted...

Al despedirme al día siguiente en la estación, me deslizó al oído, entregándome una primorosa caja de chocolates:

—Una postalcita... Deseo saber qué impresión la causa París.

¡Ah, Carranza! Reconozco tu mano eclesiástica, diplomática, de futuro cardenal, en la manera de haber adoctrinado á este proco. Le has revelado mi herida y la precaución que se ha menester para no irritar la viva llaga... Le has descubierto mi espiritu crispado de horror, mis nervios encalabrinados, mi mente nublada por sombras y caricaturas goyescas, por visiones peores que las macabras,—¡oh, la muerte es menos nauseabunda!—Y, tal vez así...

III

Una magia es Biarritz, con su aire salobre, vivaz, su agua marina encolerizada, la alegría de sus edificaciones modernas, y el apetito que he recobrado, y el humor juvenil de moverme, de hacer ejercicio, de bañarme en el mar, sin necesidad probablemente. Por otra parte, en Biarritz empiezo á entrever esa actividad intensa, sin lirismo, esos resortes y esos fines que no evocan lo infinito, sino lo que está al alcance, no de todas las manos—despreciable sería entonces—sino de pocas y sabias y hábiles...

Entreveo ese juego atrayente, de que es imagen muy burda el otro juego, del cual se habla aquí y en que salen desplumados los «puntos». Así se lo escribo á Agustín, no en la postalcita que humildemente pidió, sino en una carta amistosa, en que apunta el compañerismo. El pretexto para convencerme de que debo escribirle pronto y largo, es que parece natural enterarle de la acogida que me dispensa la Ambas Castillas, mediante la esquela de presentación, redactada en términos de apremiante interés. La duquesa, á quien envío la esquela por Dick, contesta por el mismo, anunciando inmediata visita; y á la media hora se presenta, ágil y airosa y envelada la cara de tules, á fin de disimular y suavizar el estrago que los años han ejercitado, impíos, en su belleza célebre. Los rasgos permanecen aún, bajo el estuco; el pie es curvo, la mano elegante al través de la Suecia; el busto, atrevido, obedece á la obra maestra del corsé; y en su maceramiento de sesentona, persiste una gracia arrogante que yo desearía imitar. Envidio los gestos delicados, de coquetería y de hermosura triunfante, de gentil aplomo y gentil recato altanero; envidio este aire que sólo presta cierto ambiente... al ambiente que debe llegar á ser mío.

Corta es la visita. Por la tarde, en su automóvil, me lleva á recorrer caminos pintorescos, hasta San Sebastián. Nos cruzamos con otros autos, con mucha gente, mujeres maduras, niños de silueta modernista, hombres que saludan con respeto galante; dos autos se detienen, el nuestro lo mismo; la Ambas Castillas hace presentación; me flechan agudas curiosidades; oigo nombres, cuyo run run había percibido desde lejos. Con nosotros viene una hermana de la Ambas Castillas, insignificante, callada y al parecer devota, pues se persigna al cruzar por delante de las iglesias. La duquesa me envuelve en preguntas. ¿Desde cuándo conozco á Agustín Almonte y á D. Federico?

—A D. Federico no le conozco. D. Agustín va á ocuparse en asuntos míos que revisten importancia.