—¡En efecto! Pues siendo así, el 15... ¿Insiste usted en invitarme á almorzar?

Cuando, de regreso, se presenta el proco, ya tengo á Maggie, la doncella, no inglesa, sino escocesa, pero vezada y amaestrada en Londres, nada menos que en la casa de Lady Mounteagle, lo más superfirolítico.—Esta mujer, á juzgar por las señales, es una perla. Chata, cuarentona, de pelo castaño con reflejo cobrizo, de tez rojiza, de ojos incoloros, posee en el servir un chic especial. Se siente uno persona elevada, al disponer de tal servidora. Indirectamente, con un gesto, rectifica mis faltas de buen gusto, cuanto desdice de mi posición y de mi estado; y, sin embargo, Maggie no se sale de sus atribuciones, y me demuestra un respecto inverosímil. Jamás familiaridades, jamás entrometimientos, jamás descuidos. Me recomienda á un criado inglés bastante joven, y que, en el viaje, nos será utilísimo. Pagará cuentas, facturará, pensará en el bienestar de Daisy, el lulú, se ocupará de detalles enojosos. Maggie chapurrea medianamente el francés; el criado, Dick, lo parla con suma facilidad. Con los dos, espero un viaje cómodo.

Almonte opina lo mismo; sin embargo, y conviniendo en que Maggie es una adquisición, me aconseja cuidado.

—Crea usted que los ingleses también tienen sus macas. Yo he sido cándido, y he creído en la superioridad de los anglosajones; niñerías... Una de las cosas que la civilización tiene á la vez más perfeccionadas y más corrompidas, es el servicio doméstico. Hoy se sirve á maravilla, pero el odio es el fondo de esas relaciones. Les exigimos tanto, en nuestro egoismo, que á su vez la idea de interés es la única que cultivan. ¿Me perdona usted, Lina, estas advertencias? Con relación á usted soy viejo... es decir, lo soy interiormente; usted, en lo moral, es una niña, llena de candor.

Me ofendo como si me hubiese insultado. Se sonríe, tomando á cucharaditas el helado praliné.

—¿No le gusta á usted ser candorosa? ¡Pero si el candor, en ciertas épocas de la vida, es el signo de la inteligencia!

Siempre evitando esa personalización á que propenden los que asedian á una mujer, Agustín refiere historias de la corte, los anales de una sociedad que yo no conozco sino por los diarios,—peor que no conocerla.—De estas pláticas parece desprenderse que el amor no existe. Dijérase que es un terrible mito antiguo, fabuloso. Agustín presenta las acciones de los hombres desde el punto de vista de la conveniencia, la utilidad, la razón. Sin duda la atracción de los sexos ejerce influjo, pero la clave secreta suele ser el interés, la vanidad, la ambición, mil resortes que actúan, no sólo en la edad pasional, sino en todas las de la existencia. La palabra de Agustín, nutrida, segura, se vierte sobre mi espíritu dolorido, magullado de la caída, como un bálsamo calmante. Me consuela pensar que hay más que ese amor que anhelé con loco anhelo. Me rehabilita ante mí misma convenir con mi proco en que tan insensato afán no es sino un accidente, una crisis febril, y que la vida se llena con otras muchas cosas que le prestan atractivo y hasta sabor de drama.

—¡La conquista del poder!—sugiere Agustín.—¡Eso, no sabe lo que es quien nunca lo ha probado! Como se funda en la realidad, no en fluidas revêries de venturas místicas—porque usted es una mística, Lina; la han llevado á usted al misticismo y al romanticismo sus años de soledad y de injusto aislamiento;—digo que, como se funda en la realidad, en las realidades más concretas, y al mismo tiempo en las honduras de la psicología positiva... tiene el encanto de la guerra, el sabor violento de la conquista. ¡Ah, si usted lo probase!

—No sé cómo lo había de probar.

—Yo sí lo sé—responde él, sin la menor intencionalidad picaresca.—De esto hemos de hablar mucho. Me precio de que la convenceré. No hay cosa más fácil que convencer á la gente de talento... y de una sensibilidad despierta para sentir los horizontes bellos, prescindiendo, como usted sabe prescindir, de madrigales y de romanzas cursis.