Largas horas pasamos contemplando el panorama, las ingentes montañas sobrepuestas, queriendo cada una acercarse más al firmamento; y, coronándolo todo, el Mont Blanc, el coloso, que sugiere pensamientos atrevidos, deseos de escalarlo... Nos confesamos, sin embargo, que no tenemos vocación de alpinistas, ni hemos pensado parodiar á Tartarín.

—El frío... El cansancio... Las grietas, los aludes, el hielo en que se resbala. A otro perro con ese hueso—declara él.—No crea usted, Lina, que tengo un pelo de cobarde; pero, como sé que en mi carrera no faltan peligros, y que si se les teme no se llega adonde se debe llegar, yo evito los otros, los peligros de lujo.

—El peligro tiene su sabor...

—¡Ah, lírica, lírica! ¿Es que ha soñado usted que yo le traiga un edelweiss cogido por mí al borde de un precipicio espantoso? Vamos, no está usted enteramente curada aún. Deje usted eso para los ingleses, gente sin imaginación ninguna. Nosotros, cuando subimos, es más arriba de las montañas; es á cimas de otro género. Esto no nos sirve sino de telón de fondo. Y los ingleses suben, y suben, ¿y qué encuentran? Lo mismo que dejaron abajo. Es decir, peor. Nieve y riscos inaccesibles. Ahí tiene usted. El que trepa, debe trepar para llegar á algo. Si no, es un tonto.

Nos reimos. Los ingleses son nuestros bufones. A toda hora nos ofrecen alguna particularidad ultra-cómica. Sus mujeres son sencillamente caricaturas enérgicas, á menos que sean ángeles vaporosos. Convenimos en la fuerza física de la raza. En cuanto á su mentalidad, no estamos muy persuadidos de que llegue á la mediana mentalidad ibérica.

—Me atrae su aseo—declaro.—No debe de oler una multitud inglesa como una multitud de otros países. El vaho humano, en esa nación...

—Eso creía yo mientras no pasé una temporadita en Londres, y, sobre todo, mientras no visité Escocia. El olor de la gente en Escocia es punzador. Conviene que salgamos de casa para aprender lo que debemos imitar y lo que debemos recordar, á fin de no ser demasiado pesimistas. Lina, á mí se me ha puesto en la cabeza que he de dejar huella profunda en la historia de España. Que la hemos de dejar; porque desde que la conozco á usted, con usted cuento. En nuestro país se están preparando sucesos muy graves. ¿Cuáles? Por ahora... Pero que se preparan, sólo un ciego lo dudaría. ¡El que acierte á tomar la dirección de esos sucesos cuando se produzcan, llegará al límite del poder; no es fácil calcular adónde llegará! Yo aguardo mi hora, no esperando que me despierte la fortuna, sino en vela, con los riñones ceñidos, como los caudillos israelitas. La soledad completa me restaría fuerza, y una compañera sin altura, ininteligente, me serviría de rémora. ¿Si usted...?

—La cosa es para pensada, Agustín... Para muy meditada.

—No, no es para meditada, porque yo no pido amor. Lo que solicito es una amiga, á la cual interese mi empresa. Ya sabe usted que á su tío, D. Juan Clímaco, le dejo muy abozalado. No ladrará, ni aun gruñirá. El sabe que conmigo no puede permitirse ciertas bromas. ¡Ah! No crea usted; la red estaba bien tejida. Entre las mallas se hubiese usted quedado. El hombre armó su trampa con habilidad de gitano en feria. Compró testimonios que comprometían gravemente á D. Genaro Farnesio; hubiese ido... ¡quién sabe! á presidio. Se me figura que á él y á usted les he salvado. ¿Merezco alguna gratitud?

—Mucha y muy grande—contesto, tendiéndole la mano, que estrecha y sacude, sin zalamerías ni insinuaciones.—Sólo que... es delicado decirlo, Agustín...