—No lo diga... Si ya lo sé. Y lo acepto. Estoy seguro de que usted cambiará.
—¿Y si no cambio?
—Ni un ápice menos de respeto ni de amistosa cordialidad. Creo que el trato es leal. Lo único que pido, es que la prohibición á que suscribo para mí, no se derogue en beneficio de otro. Si para alguien ha de ser usted más que amiga...
—¡Ah! ¡Eso no! Eso no lo tema usted.
—Pues no temiendo eso... Crea usted, Lina, que haremos una pareja venturosa. Demos al tiempo lo suyo. Todo pasa; somos variables en el sentir. Yo fío siempre en la inteligencia de usted, que es para mí el gran atractivo que usted reune. Antes de conocerla, su fortuna me pareció una base necesaria para mis aspiraciones—no se quejará usted de que no soy franco—pero ahora, se me figura que hasta sin fortuna desearía su compañía y su auxilio moral. Para un hombre político, es un peligro la soltería. Existe en su porvenir un punto obscuro; lo más probable es que halle una mujer que ó le disminuya ó le ponga en berlina.
—Es cierto, y, ya que usted ha sido tan sincero, le digo que tampoco conviene á un político una mujer pobre. Yo encuentro que la cuestión de la honradez de un hombre político es algo pueril; el menor error, en materia de gobierno, importa doble y perjudica doble al país que una defraudación. Sólo que es arsenal para los enemigos, y piedra de escándalo para los incautos. Por eso un político debe estar más alto, poseer millones legítimamente suyos. Eso le exime de la sospecha.
—¡Palabras de oro!—bromea él,—y no sé de donde ha sacado usted tal experiencia... Hubo en la historia de España un hombre que fué, en un momento dado, árbitro, como rey. Pero tenía mujer; y ella, por la tarde, vendía los cargos y honores que al día siguiente él concedería. Y el lodo le llegaba á la barba; y su poder duró poco y cayó entre escarnio. Nuestra fuerza, nos la dan las mujeres. Si no me auxilia usted por amor, hágalo por compañerismo. Subamos de la mano...
Creo que este diálogo lo pasamos una noche, en que el lago reflejaba una luna enorme, encendida todavía por los besos del poniente. Estábamos en la veranda, muy cerca el uno del otro, y los camareros, cuando pasaban llamados por algún viajero que pedía wisky and soda, cerveza ó aperitivos, apresuraban el andar, por no ser molestos á los enamorados españoles. Y, sin embargo, en el momento sugestivo, no se aproximaban temblantes nuestras manos, ni se inclinaban nuestros cuerpos el uno hacia el otro.
V
Y avanza el singular noviazgo, frío y claro como las nieves que revisten esos picachos y esas agujas dentelladas, que muerden eternamente en el azul del cielo puro. Aun diré que era más frío el noviazgo que las nieves, ya que éstas, alguna vez, se encendían al reflejo del sol. Me lo hizo observar un día Agustín. Él no lamentaría que la situación cambiase; pero lo procuraba con labor fina, sabiendo que yo estaba á prueba de sorpresas. Aplicaba á la conquista de mi espíritu la ciencia psicológica y matemática á un tiempo conque estudiaba al resto de la gente, piezas de su juego de ajedrez. Dueño de largas horas y propicias ocasiones, teniendo por cómplices los azares de un viaje, supuso—después lo he comprendido—que siempre llega el cuarto de hora. Debo reconocer que esta idea, algo brutal en el fondo, la aplicó el proco con artística finura.