La sociedad altanera, frívola y disoluta que he visto de refilón en Biárritz la diseca Agustín con instrumento de oro, entre gestos seguros, de hombre de ciencia... de esa ciencia.
—¿Fulano? Hacia la senaduría. ¿Mengano? La rehabilitación de un título con Grandeza. ¿Perengano? Cosa más sólida; un célebre asunto en lo contencioso... Millones. ¿Perencejo? Toda la vida ha querido ministrar... y no siendo más inepto que otros, no lo ha logrado. ¿Ciclanito? Eso es serio; pica alto, alto...
Y, comentario:
—A lo alto llegaremos nosotros. ¡Sabe Dios á qué altura! Por mucha que sea, ni usted ni yo somos de los que sufren vértigo... Aquí no nos armamos de alpenstock, porque no nos divierte. Desde abajo vemos los juegos de la luz... En fin, yo quiero que usted sea la segunda mujer de España... á no ser que para entonces los sucesos hayan tomado tal giro, que pueda ser la primera. ¡Así, la primera! No tomarán ese giro; yo, por lo menos, no lo creo; pero ello es que hay muchos modos de ocupar primeros lugares... Si yo soy el dueño, la dueña usted... Siendo yo Cayo, tú serás Caya... como decían los romanos en las ceremonias nupciales. ¡Ah! Perdón, Lina... la he tuteado...
—Era un tuteo histórico.
—No importa; me va á fastidiar ahora mucho volver á... Lina, yo te creo una mujer superior. ¿No se tutean los amigos?...
—En realidad...
Y el tuteo no fué embarazoso, sobre esta base de la amistad franca. Al contrario; estableció entre nosotros algo tan grato, que yo no recordaba nunca un período en que tan gustoso me hubiese sido vivir. Los planes, los proyectos, las esperanzas, todos saben cuánto superan en deliciosa sugestión á la realidad, aun cuando salga conforme á esos mismos planes ó los mejore. Un anhelo de interés me hacía desear locamente lo más loco de cuanto se desea: el acercarse á la muerte: que los años hubiesen volado, y que Agustín y yo fuésemos ya los amos, los árbitros, aquellos ante quienes todo se inclinaría... El, sonriente, moderaba mi impaciencia.
—Calma... calma... Y atesorar mucha fuerza y felicidad para que no nos coja débiles el momento de la apoteosis... que es seguro.
—El caso es, Agustín, que yo tengo ideal, y que, si llega ese instante, quisiera que, mañana, la historia...