—El ideal, en la política, se construye con realidades pequeñas. Nace de los hechos, sin cultivo, como esos edelweiss peludos sobre la nieve... Entretanto, Lina, seamos egoístas, pensemos en nosotros...

Y noté, efectivamente, que mi amigo empezaba á prestar al «nosotros» un sentido nuevo, diferente del que yo le había atribuído hasta entonces. Como en las altas cumbres que el sol teñía de amatista pálida y de los anaranjados del oro encendido por el fuego—al avanzar el verano, el hielo se derretía—. Desde el tuteo, Agustín iba, poco á poco, mostrándose enamorado, traspasado, rendido. Era una inconsecuencia, era una transgresión, era faltar á lo tratado; y, sin embargo, yo fluctuaba. Una indulgencia que me parecía criminal ante mí misma, me invadía como un sopor. Lo que más contribuía á hacerme indulgente—reconozco que es extraño el motivo—era que yo no compartía la turbación que iba advirtiendo en Almonte. El enervamiento de la Alhambra y de Loja, no se reproducía ante el Mont-Blanc. Y como no era en los demás, sino en mí, donde encontraba especialmente repulsiva la suposición de ciertos transportes,—no me alarmaba ni me sublevaba como me hubiese sublevado al comprobar que yo los sentía.

—Que arda, bueno... La culpa no es mía... No soy cómplice...

Recuerdo que nuestra situación se precisó cuando, dirigiéndonos á Chambery, nos detuvimos en Annecy, viejo y curioso pueblecillo, donde fueron enterrados los restos de dos amigos de distinto sexo y muy puros, el amable y ameno San Francisco de Sales y la nobilísima Madre Chantal. ¿Por qué—pensaba yo acordándome del Obispo de Ginebra y de su colaboradora—no se ha de reproducir esta unión espiritual? ¿Sin duda no es locura mía aspirar á ella, cuando ya se ha visto en la tierra algo tan semejante á lo que yo sueño? Esta baronesa mística, que se grabó en el seno, con hierro ardiente, el nombre de Jesús, ¿no enlazó castamente toda su voluntad, toda su existencia, á la de un hombre, el elegante y delicado autor de Filotea? ¿No tuvieron un fin, todo lo espiritual que se quiera, pero humano? No abandonó la Chantal, por este enlace, familia, hijos, sociedad, y no se consagró á fundar la orden de la Visitación? He aquí los frutos de las amistades limpias, serenas...

Ibamos por las orillas frescas del diminuto lago de Annecy—al lado del Léman, un juguete—y nos habíamos desviado algo del paseo público, perdiéndonos en un sendero orillado de abetos, muy sombrío á aquella hora de la tarde. Agustín me daba el brazo. De pronto, sentí una especie de quejido ahogado, sordo, y le ví que se inclinaba, intentando un abrazo de demencia... Balbuceaba, temblaba, palpitaba, jadeaba, y en un hombre tan dueño de sí, tan avezado á conservar sangre fría en las horas difíciles, la explosión era como volcánica.

—No puedo más... No puedo... Haz de mí lo que quieras... Recházame, despídeme... Has vencido ó ha vencido el diablo; estoy perdido... Te has apoderado de mí... Cuanto he prometido, los convenios hechos, eran absurdos, necedades... Imposible que yo cumpliese tales condiciones... y si hay un hombre en el mundo que lo haga, entonces me reconozco miserable, me reconozco infame, lo que quieras! Lina, es igual: aquí no discutimos, no hay argumentos. Lo que hay es la verdad, lo hondo de las cosas. Prefiero romper el contrato. Sí, lo rompo. Se acabó. Y me voy, me alejo esta misma noche, para siempre. Lo que combinábamos juntos, era un contrasentido. Tú no lo comprendes; yo no sé qué ofuscación padeces, para haber dislocado las nociones de la realidad y pedir la luna... Eres de otra madera que el resto de los humanos. Bueno. Yo no. Despidámonos aquí mismo, Lina; despidámonos... ó abracémonos, así, en delirio...

Los brazos eran tenazas. Entre ellos, yo permanecía cuajada, como el magnífico hielo de los glaciares.

—Basta..., Agustín..., oye...

Hizo el gesto de locura de emprender carrera.

—No te reconozco... ¡Es increíble! ¿No decías...? ¿No opinabas...?