—¿Qué debo hacer para agradar á mi Esposo, Trifón?—interrogó sumisa.

—Hallar en él á la hermosura perfecta; en él y sólo en él. Y si llega el caso, proclamarlo sin miedo. Ve en paz, Catalina Alejandrina. Cuando vuelvas á ver á Trifón, será un día radiante para ti.

A paso tardo, la princesa regresó adonde aguardaba su séquito. Extendidos los tapices, el refresco esperaba. Frutos sazonados y golosinas con miel y especias tentaban el apetito. Ella picó un gajo de uvas, sin sed.

—Refrescad vosotros... Todo es para vosotros...

Al balanceo de la litera se durmió con sueño de niña, sin pesadillas ni calenturas. Aletargada, la trasladaron á su lecho de cedro incrustado de preciosos metales. Al despertar, reconstituída por tan gustoso dormir, su primera idea fué de inquietud. ¿Sería cierto que iba á ver al Esposo? ¿La juzgaría hermosa ahora? ¿No proferiría, con igual desdén que la vez primera, en aquella voz que rasgaba las telillas del alma: no es hermosa, no la amo?

Por la tarde, vuelta á disfrazar, siguió la conocida ruta. Las Esfinges, impenetrables, no crisparon sus uñas graníticas. Su enigmática quietud no estremeció, cual otras veces, á la princesa, que las suponía sabedoras y guardadoras del gran misterio. Ascendió ágilmente por la espiral del Panoeum. Las rosas de Hathor se deshojaban, lánguidas del calor del día, y en el centro de un círculo de mirtos, especie de glorieta, el dios lascivo se erguía en forma de hermes obsceno, por el cual trepaba una hiedra. La leche y la miel de las ofrendas tributadas por los devotos en libación goteaban aún á lo largo del cipo. Catalina, que nunca había dado culto á los capripedes, ni á la Afrodita libidinosa, sintió con violencia la náusea de aquel santuario, y se encontró llena de menosprecio hacia los dioses carnales, y hasta superior á sus antiguos númenes.

Apretó el paso para salir del Panoeum y refugiarse en la ermita. Estaba desierta...

¡El penitente la había engañado! ¡Su Esposo no venía!

Con la faz contra el suelo, en tono de arrullo y de gemido, le llamó tiernamente.—Ven, ven, amado, que no sé resistir. Quien te ha visto y no te tiene, no puede resignarse. Herida estoy, y no sé cómo. Se sale de mí el alma para irse á tí...—Así se dolió Catalina, hasta que el sol se puso. Cuando la rodeó la obscuridad, se desoló más. No se oía sino el cantarcillo de una fuente cercana, donde solían bautizar ocultamente los cristianos á sus neófitos. Al ser completas las tinieblas, alzó un momento los ojos; fulguró una claridad dorada, y vió á la Mujer. Pero no la acompañaba el garzón divino de los bucles color de dátil: traía de la mano á un pequeñuelo que, impetuosamente, se arrojó á los brazos de la princesa, acariciándola. El niño, eso sí, era un portento. En su cabeza se ensortijaba oro hilado y cardado. Su boquita de capullo gorjeaba esas ternezas que cautivan, y sus labios frescos corrían por las mejillas de Catalina, humedeciéndolas con una saliva aljofarada. Ella, trémula, no se atrevía á responder á los halagos del infante. Entonces la Mujer avanzó, se interpuso, y teniendo al niño en su regazo, cogió la mano derecha de Catalina y la unió á la de él, en señal de desposorio. El niño, que asía un anillo refulgente, miraba á su madre con inocente, encantadora indecisión. La madre guió la hoyosa manita, y el anillo pasó al dedo de la novia. Terminada la ceremonia, el infante volvió á colgarse del cuello de la princesa, á besarla halagüeño. Un deliquio se apoderó de las potencias de Catalina y las dejó embargadas. El rapto duró un segundo. La hija de Costo se encontraba sola otra vez.

Sin saber por qué, se alzó, echó á andar hacia la ciudad. Palpitaban miriadas de estrellas en el firmamento terciopeloso y sombrío; soplos cálidos ascendían de la tierra recocida por el asoleo. Y ni en el Panoeum, donde otras noches parejas impuras surgían de entre los arbustos; ni en la prolongada avenida, con su doble inquietadora fila de monstruos, cuyas enormes sombras se prolongaban; ni en los muelles, cercanos á lupanares y tabernas vinarias, encontró Catalina persona viviente. Caminaba como al través de una ciudad abandonada por sus moradores.