—Abre tus ropas, Catalina, y aplica esta mixtura sobre tu corazón enfermo—mandó imperiosamente.

Catalina, sin vacilar, obedeció. Trifón se había vuelto de espaldas. Al percibir el frío del extraño remedio sobre la turgente carnosidad, su corazón saltó como cervatillo que ventea el arroyo cercano. Bienestar delicioso, en vez de fiebre, notó la princesa, y como si se desenfilase su luenga sarta de perlas índicas, lágrimas vehementes de amor fueron manando á lo largo de sus mejillas juveniles. Por un instante aquel entendimiento peregrino, adornado con tantas galas sapienciales, se embotó y apagó, y sólo el corazón, liquidándose y derritiéndose, funcionó activo.

—Soy cristiana—protestó sencillamente, comprendiendo.

Corrió Trifón al pozo donde colmaban sus odres los peregrinos que venían á consultarle; hizo remontar el cangilón que se rezumaba, y tomando agua en el hueco de la mano, la derramó sobre la cabeza inclinada de la virgen, profiriendo las palabras:

—En el nombre...

Aún no había descruzado las palmas Catalina, cuando el solitario anunció:

—Vuelve mañana á la misma hora á la ermita. Allí estará El.

—¿Y le pareceré hermosa?...

—Tan hermosa, que se desposará contigo.

Una corriente de beatitud recorrió las venas de Catalina. El misterio empezaba á revelarse. Platón se lo había balbuceado al oído, y Cristo se lo mostraba resplandeciente.