Se interrumpió á sí mismo el narrador, advirtiendo:

—Esta frase que atribuyo á Santa Catalina, es la madre Santa Teresa de Jesús quien se la atribuye primero en unos versos que la dedica y donde se declara su rival «pretendiente á gozar de su gozo».

—Pues yo recuerdo—asintió Lina—otra poesía de Lope de Vega, si no me engaño, dedicada á la misma Catalina Alejandrina... ¡No es nada lo que pondera el Fénix á la hija de Costo!

«Una palma victoriosa
de tres coronas guarnece,
por sabia, mártir, y virgen,
cándida, purpúrea y verde...»

—Hay una glosa—advirtió Carranza—que la llama «segunda entre las mujeres...» ¡Oh!, Santa Catalina de Alejandría es una fuente de inspiración para el arte. Desde Memmling y Luini, hasta el Pinturiccio que la retrató bajo los rasgos de Lucrecia Borgia, y el desconocido autor de esta prodigiosa placa, los cuadros y los esmaltes y las tallas célebres se cuentan por centenares.

—¡Claro, la imaginación desatada! ¡Una mujer guapa y que disputaba con filósofos!—criticó Polilla—. En fin, siga usted, amigo Carranza, que ahora viene lo inevitable en tales historias: la conversioncita, los sayones, el cielo abierto, un angelico que desciende, á estilo Luis XV, portador de una guirnalda con un lazo azul...

—Polilla, es usted un espíritu acerado é implacable—aseveró Lina—. Sólo le ruego que nos deje seguir escuchando.

«Permanecía Catalina á los pies del solitario, arrastrando, entre el polvo seco, su ropaje magnífico. Su seno, en la angustia de la esperanza, se alzaba y deprimía jadeando. Tritón la contempló un instante, y al fin, con penoso crujido de junturas, descendió del asiento. Buscó entre sus harapos la ampollita de aceite, y ejecutando movimiento familiar desvió el pedrusco, bajo el cual vió Catalina rebullir, en espantable maraña, la nidada de alacranes. Alzando los ojos al cielo metálico de puro azul, el penitente pronunció la fórmula consagrada:

—Ven, hermanito...

Un horrible bicharraco se destacó del grupo y avanzó. Catalina le miró fascinada, con grima que hacía retorcerse sus nervios. La forma de la bestezuela era repulsiva, y la Princesa pensaba en la muerte que su picadura produce, con fiebre, delirio y demencia. Veía al insecto replegar sus palpos y erguir, furioso, su cauda emponzoñada, á cuyo remate empezaba la eyaculación del veneno, una clara gotezuela. Ya creía sentir la mordedura, cuando de súbito el escorpión, amansado, acudió á la mano raigambrosa que Trifón le tendía, y el asceta, estrujándolo sin ruido, lo mezcló y amasó con el óleo.