—¿Es esta la esposa, madre mía?
—Esta es—afirmó una voz musical, inefable.
—No puedo recibirla. No es hermosa. No la amo...
Y volvió la espalda. La luz lunar y ardiente se amortiguaba, se extinguía. Los dos personajes se diluyeron en la sombra.
Catalina cayó al suelo, con la caída pesada del que recibe herida honda de puñal. Poco á poco recobró el conocimiento. Se levantó; al pronto no recordaba. La memoria reanudó su cadena. Fué una explosión de dolor, de bochorno. ¡Ella, Catalina, la sabia, la deseada, la poderosa, la ilustre, no era bella, no podía inspirar amor!
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* *
Salió de la ermita y caminó paso á paso, ya bajo la verdadera luz de Selene: había anochecido por completo. Las Esfinges, inmóviles sobre sus zócalos de negro basalto, no la hostilizaron; sólo la impusieron la majestad de su simetría grandiosa. Costeando el muelle, donde cantaban roncas coplas los marineros beodos, se deslizó hasta el palacio. Las esclavas acudieron, disimulando la extrañeza y la malicia con servil solicitud. Aprestaron el baño tibio, presentaron los altos espejos de bruñida plata. Y la princesa, arrancándose el plebeyo disfraz, se contempló prolijamente. ¿No era hermosa? Si no lo era, debía morir. Lo que no es bello no tiene derecho á la vida. Y, además, ella no podía vivir sin aquel príncipe desconocido que la desdeñaba. Pero los espejos la enviaron su lisonja sincera, devolviendo la imagen encantadora de una beldad que evocaba las de las Deas antiguas. Á su torso escultural faltaba solo el cinturón de Afrodita, y á su cabeza noble, que el oro calcinado con reflejos de miel del largo cabello diademaba, el casco de Palas Atenea. Aquella frente pensadora y aquellos ojos verdes, lumínicos, no los desdeñaría la que nació de la mente del Aguileño. ¿No ser hermosa? El príncipe suyo no la había visto... ¡Acaso el disfraz de la plebe encubría el brillo de la hermosura! Era preciso buscar al aparecido, obligarle á que la mirase mejor; y para descubrir dónde se ocultaba, hablar á Trifón, el Solitario.
Con fuerte escolta, en su litera mullida de almohadones, al amanecer del siguiente día, la hija de Costo emprendió la expedición al desierto. Su cuerpo vertía fragancia de nardo espique; su ropaje era de púrpura, franjeado de plumaje de aves raras, por el cual, á la luz, corrían temblores de esmeralda y cobalto; sus pies calzaban coturnillos traídos de Oriente, hechos de un cuero aromoso; y de su cuello se desprendían cascadas de perlas y sartas de cuentas de vidrios azul, mezcladas con amuletos. Ante la litera, un carro tirado por fuertes asnos conducía provisiones, bebidas frías y tapices para extender. En pocas horas llegaron á la región árida y requemada, guarida de los cenobitas. Cuando descubrieron á Trifón, le tomaron al pronto por un tronco seco. Un pájaro estaba posado en sus hombros, y voló al acercarse la comitiva.
Catalina ordenó distanciarse á su séquito; descendió y se acercó, implorante, al asceta.
—Vengo—impetró—á que me devuelvas lo que me has quitado. ¡Dame mi serenidad, mi razón! ¡El dardo me ha herido, y no sé arrancármelo! Dime dónde está él, é iré á encontrarle entre áspides y dragones. Si no le parezco hermosa, haz por tus artes de magia y tu sabiduría que se lo parezca. Ó hazme morir, pues con la vida no puedo vivir ya...»