La princesa pasó la noche con fiebre y desvelo. Vió desfilar formas é ideas madres, los arquetipos de la hermosura, representados por las maravillosas envolturas corporales de los dioses y los héroes griegos. Apolo Kaleocrator, árbitro de la belleza, apoyado en su lira de tortuga, inundados los hombros por los bucles hilados de rayos de luz; Dionisos, con el fulvo y manchado despojo del tigre sobre las morenas espaldas tersas y recias; Aquiles (á quien deseó frecuentemente Catalina haber conocido ante Troya, envidiando á Briseida, que tuvo la suerte de vestirle la túnica), y el pío Eneas, el infiel á la mísera reina africana... ¿Sería alguno como éstos quien la aguardase en la ermita?
Que el solitario fuese un malhechor y la atrajese á una celada, no lo receló Catalina ni un instante. Podría acaso ser un hechicero: acusábase á los cristianos de practicar la magia. Sin duda, para resistir así el martirio, poseían secretos y conjuros. Quizás iban á emplear con ella el filtro del amor... ¡Por obra de filtro, ó como fuese, la princesa ansiaba que el amor se presentase! ¡Amar, deshacerse en amor, que el amor la devorase, cual un león irritado y regio!—Siguió las instrucciones de Trifón exactamente. Se bañó, purificó y perfumó, como en día de bodas; se vistió interiormente tunicela de lino delgadísimo, ceñida por un cinturón recamado de perlas; y, encima, echó la vestimenta de burdo tejido azul lanoso que aun hoy usan las mujeres fellahs, el pueblo bajo de Egipto. Calzó sandalias de cuerda, igual que las esclavas, mullendo antes con seda la parte en que había de apoyar la planta del pié. Un velo de lana tinto en azafrán envolvió su cabeza. Así disfrazada y recatada, salió ocultamente por una puerta de los jardines que caía al muelle, y se confundió entre el gentío. Costeado el muelle, torció hacia la avenida de las Esfinges, cuyo término era la subida especial del Panoeum ó santuario del dios Pan, montañuela cuya vertiente opuesta conducía á la ermitilla, emboscada entre palmeras y sicomoros.
—Oiga usted—zumbó Polilla—. ¿Sabe usted que me va pareciendo un poco ligerita de cascos la princesa? Si no la declarasen ustedes santa...
—Don Antón—amenazó Lina—, ó me deja usted oir en paz, ó le expulso ignominiosamente.
«A un lado y á otro de la monumental avenida alineábanse, sobre pedestales de basalto, las Esfinges de granito rosa, de dimensiones semicolosales. A los rayos oblicuos del sol muriente, el pulimento del granito tenía tersuras de piel de mujer. Las caras de los monstruos reproducían el más puro tipo de la raza egipcia, ojos ovales, facciones menudas, barbillas perfectas; el tocado simétrico hacía resaltar la delicada corrección del melancólico perfil. Hasta la cintura, el cuerpo de las Esfinges era femenino, pero sus brazos remataban en garras de fiera, cuyas uñas aparentaban hincarse en la lisura del pedestal. Dijérase que se contraían para desperezarse y saltar rugiendo. Sintió Catalina aprensión indefinible. Respiró mejor al acometer la subida espiral que conducía al Panoeum, entre setos de mirto, el arbusto del numen, que de trecho en trecho enflorecían las rosas de Hathor Afrodita, encendidas sobre el verdor sombrío de la planta sagrada. La brisa de la tarde estremecía los pétalos de las flores, y el espíritu de Catalina temblaba un tanto, en la expectativa de lo desconocido.
Pasó rozando con el templo y descendió la otra vertiente. Detrás del santuario asomaba una colina inculta, y en un repliegue del terreno se agazapaba la ermita humilde; una construcción análoga á las del barrio de Racotis, de adobes sin cocer y pajizo techo. En la cima una cruz de caña revelaba la idea del edificio. La reducida puerta se abría de par en par. Catalina la cruzó; allí no había alma viviente. En el fondo, un ara de pedruscos desiguales soportaba otra cruz no menos tosca que la del frontispicio, y en grosero vaso de barro vidriado se moría un haz de nardos silvestres. La princesa, fatigada, se reclinó en el ara, sentándose en el peldaño de piedra que la sostenía. Rendida por el insomnio calenturiento de la noche anterior, anestesiada por la frescura y el silencio, se aletargó, como si hubiese bebido cocimiento de amapolas. Y he aquí lo que vió en sueños:
Subía otra vez por la avenida de las Esfinges, pero no al caer de la tarde, sino de noche, con el firmamento turquí todo enjoyado de gruesos diamantes estelares. Bajo aquella luz titiladora, los monstruos semi-hembras, de grupa viril, parecían adquirir vida fantástica. Estirándose felinamente, se incorporaban en los zócalos, y crispaba los nervios el roce de sus uñas sobre la bruñida dureza del pedestal. Sus caras humanas, perdiendo la semejanza, adquirían expresión individual, se asemejaban á personas. Catalina, atónita, reconocía en las Esfinges tan pronto á sus pretendientes desairados, como á los sofistas y ergotistas que discutían en su presencia. Allí estaban Mnesio, Teopompo, Caricles, Gnetes, sus contertulios, erizados de argucias, duchos en la controversia, discípulos del Peripato algunos, los más de Platón. De sus labios fluían argumentos, demostraciones, objeciones, definiciones, un murmurío intelectual que resonaba como el oleaje; marea confusa en que flotan las nociones de lo creado y lo increado, lo sensible y lo inteligible, las substancias inmutables y los accidentes perecederos; y en conjunto, al fundirse tantos conceptos en un sonido único, lo que se destacaba era una sola palabra: Amor.
Y las otras Esfinges, que tenían el semblante de los desairados procos, murmuraban también con tenaz canturia: Amor; y sus ojos chispeaban, y sus garras se encorvaban para iniciar el zarpazo, y gañían bajo y lúgubre, como chacales en celo, y un aliento hediondo salía de sus bocas, y su cuarto trasero de animales se enarcaba epilépticamente. Catalina emprendía la fuga, y la hueste de fieras, á su vez, corría, galopaba, hiriendo la arena y soliviantándola con sus patas golpeadoras. La desatada carrera de los monstruos, su jadear anheloso tras la presa, era como el desborde enfurecido de un torrente. No podía acelerar más su huída la princesa: angustiada, apretaba contra el pecho sus vestiduras, en las cuales ya dos veces había hecho presa la zarpa de las Esfinges.—Me desnudarán—calculaba—, y cuando caiga avergonzada y rendida, se cebarán en mí...—El horror activaba su paso. Los pies, rotas las sandalias, se herían en los guijarros, se deshonraban con el polvo; y, en medio de su espanto, aún deploraba Catalina:—¡Mis pies de rosa, mis pies pulidos como ágatas, mis pies sin callosidad! ¡Se me estropean! ¡Ay pies míos!
Paralizado de fatiga el corazón, iba á desplomarse, cuando se le ofreció un asilo, la boca de una cueva... la ermita. Débil lucecilla ardía dentro. Catalina se precipitó... y creyó en una pesadilla. Detrás no había nadie; ni rastro de los monstruos. Sólo se veía, á lo lejos, la blanca mole marmórea del Panoeum, y por dosel el cielo claveteado de luminares, á guisa de manto triunfal.
Ancha inspiración dilató los pulmones de Catalina. Su sangre circuló rápida, deliciosamente distribuída por los casi exánimes miembros. Una luz difusa comenzó á flotar en el aire; la cueva se iluminó. La luz crecía y era como de luna cuando al nacer asoma color de fuego, reflejando aún los arreboles solares. Y en el foco más luminoso, abriéndose paso, surgieron dos figuras: una mujer y un hombre. Ella parecía de más edad, pálida, marchitos y entumecidos los párpados por el sufrimiento; él era garzón, y á su juventud radiante acompañaba belleza portentosa. Catalina, juntando las manos, le miró con enajenamiento. Ni había visto un sér semejante, ni creía que pudiese existir. Curiosa en estética, solía ordenar que le presentasen esclavos hermosos, no con fines de impureza, sino para admirar lo perfecto de la forma en las diversas razas del mundo. Los comparaba á las creaciones de Fidias, á los sacros bultos de las divinidades, y comprendía que por modelos así se forjan las obras maestras. Pero el aparecido era cien veces más sublime. Á la perfección apolínica de la forma reunía una expresión superior á lo bello humano. Desde sus ojos miraba lo insondable. Emitían claridad sus cabellos partidos por una raya, irradiando en bucles color de dátil maduro, y la majestad de su faz delicadísima era algo misterioso, que se imprimía en las entrañas y salteaba la voluntad. El mozo debía de ser un alto personaje, como había dicho Trifón; más alto que el César. Sus pies desnudos se curvaban, mejor delineados que los del Arquero. Sus manos eran marfil vivo. Y Catalina, postrada, sintió que al fin el Amor, como un vino muy añejo cuya ánfora se quiebra, inundaba su alma y la sumergía. Tendió los brazos suplicante. El mozo se volvió hacia la mujer que le acompañaba.