—La copa... Pudiera ser que la quisiese... no yo, sino tu amante, el que vas á conocer presto. ¿Ves mi fealdad? Infinitamente mayor es su hermosura. Y déjate de raciocinios, de Plotino y de Platón. Amar es un acto. Yo te llevo al amor y no te lo explico. No te fatigues en pensar. Ama.
—Sobre ascuas pisaría por acercarme al que he de amar. ¿Será también un príncipe? Porque varón de baja estofa, para mí no es varón.
—Es un príncipe asaz más ilustre que tú.
—¡Eso, sólo Maximino César!—se ufanó Catalina.
—¡Maximino, ante él... hisopo al pie del cedro!—Mañana, á esta misma hora, sola, purificada, vestida humildemente, saldrás de tu palacio sin ser vista, y caminarás por detrás del Panoeum, hasta donde veas una construcción muy pobre, una especie de célula, que llamamos ermita. El lugar estará solitario, la puerta franca. ¿Entrarás sin miedo?
—No sé lo que sea temor.
—Allí, dentro de la ermita, aguardarás al que has de amar en vida y más allá de la muerte. Á aquel cuyos besos embeodan como el vino nuevo y en cuyos brazos se desfallece de ventura. Al que en la sombra, con recatados pasos, se acerca ya á tu corazón...
Catalina cerró los ojos. Un aura vibrátil y palpitante columpiaba la fragancia de los jardines. Parecía un suspirar largo y ritmado.
Cuando abrió los párpados, había desaparecido el penitente.
*
* *