—Trifón, el penitente.
—¿Cristiano?
—Sí.
—¿Santo, como dicen?
—No. El mayor de los pecadores. Bajo la piedra en que vivo hay un nido de escorpiones enconados, y así tengo á mis pasiones, sujetas y aplastadas por la penitencia. Pero allí están, acechando para hincar su aguijón.
—Seas santo ó bandolero, adorador de Cristo, de Serapis ó de la excelsa Belleza, que es la única verdad...
—¡No blasfemes, Catalina, pobre tórtola triste que no encuentra su pareja, que gime por el amado!
—Digo que seas quien fueres, para mí serás la misma encarnación humana de Apolo Kaleocrator, si me haces conocer la dicha de amar.
—¿Eres capaz de todo... ¡de todo! por conseguirla?
—¿Quieres tesoros? ¿Quieres una copa de unicornio, llena de mi sangre?