—Siéntate—obsequió Catalina—, habla, di de amor lo que sepas. Por desgracia no será mucho.
—Es todo. Vengo de la escuela de amor, que es el desierto.
—¿Eres uno de esos solitarios? En efecto, tu piel está recocida y baqueteada al sol. De amor entenderás poco, aun cuando, según dicen, no sois aficionados á contaminar vuestra carne con la furia bestial de los viciosos, lo cual ya es camino para entender. El amor es lo único que merece estudiarse. Cuando razonamos de ser, de identidad, de logos, de ideas madres..., razonamos de amor sin saberlo. Oye... ¿No quieres pasar al caldario antes de comunicarme tu sabiduría? Mis esclavas te fregarán, te ungirán y te compondrán ese pelo. Siempre que viene un sofista, le fregamos.
—Yo no soy un sofista. Vivo tan descuidado de mi cuerpo como los cínicos, pero es por atender á la diafanidad y limpieza de mi alma. El cuerpo es corruptible, Catalina. ¿No has visto nunca una carroña hirviendo en gusanos? ¿A qué cuidar lo que se pudre?
—Como quieras... Háblame desde alguna distancia...
—Catalina—empezó preguntando—¿porqué no te has casado con ninguno de tus pretendientes? Los hay gallardos, los hay poderosos.
—Tu pregunta me sorprende, si en efecto entiendes de amor. No basta que mis procos, ó mejor dicho, algunos de mis procos, sean gallardos, dado que lo fuesen, que sobre eso cabe discusión. Sería necesario que yo encarnase en ellos la idea sublime de la hermosura. ¿No acabas de decir que el cuerpo se corrompe? Mis pretendientes están ya agusanados, y aún no se han muerto. Yo sueño con algo que no se parece á mis suspirantes. No sé dónde está, ni cómo se llama. De noche, cuando boga Diana al través del éter, tiendo los brazos á lo alto, donde creo ver una faz adorable, cuyo encanto serpea por mis venas.
—Pues eso que buscas, princesa, yo te lo traigo.
En vez de mofarse, Catalina se volvió grave.
—Dime tu nombre, Padre—exhaló, casi á su pesar.