—Llevad el recado—insistió el asceta—. Ella no se reirá. Yo sé de amores más que los sofistas griegos con quienes tanto platica.

—¡Es un filósofo!...—secretearon respetuosamente los esclavos; y se decidieron á dar curso al extraño mensaje, pues Catalina gustaba de los filósofos, que no siempre van aliñados y pulcros.

Catalina estaba en su sala peristila; á la columnata servía de fondo un grupo de arbustos floridos, constelados de rojas estrellas de sangre. Aplomada, en armoniosa postura, sobre el trono de forma leonina, de oro y marfil, envuelta en largos velos de lino de Judea bordados prolijamente de plata, había dejado caer el rollo de vitela, los versos de Alceo, y acodada, reclinado el rostro en la cerrada mano, se perdía en un ensueño lento, infinito. Hacía tiempo ya que, con nostalgia profunda, añoraba el amor que no sentía. El amor era el remate, el broche divino de una existencia tan colmada como la suya; y el amor faltaba, no acudía al llamamiento. El amor no se lo traían de lejanos países, en sus fardos olorosos, entre incienso y silfio, los viajeros de su padre.

—¿De qué me sirve—pensaba—tanto libro en mi biblioteca, si no me enseñan la ciencia de amar? Desde que he empapado el entendimiento en las doctrinas del divo Platón, que es aquí el filósofo de moda, siento que todo se resuelve en la Belleza, y que el Amor es el resplandor de esa belleza misma, que no puede comprender quien no ama. ¡No sabe Plotino lo que se dice al negar que el amor es la razón de ser del mundo! Plotino me parece un corto de vista, que no alcanza la identidad de lo amante con lo perfecto. En lo que anda acertado el tal Plotino, es en afirmar que el mundo es un círculo tenebroso y sólo lo ilumina la irriadiación del alma. Pero mi alma, para iluminar mi mundo, necesita encandilarse en amor... ¿Por quién?...

Y las imágenes corpóreas y espirituales de sus procos desfilaron ante el pensamiento de Catalina, y, esparciendo su melancolía, rió á solas.—Volvió la tristeza pronto.

—¿Dónde encontrar esa suprema belleza de la forma, que según Plotino transciende á la esencia? ¡Oh, Belleza! ¡Revélate á mí! ¡Déjame conocerte, adorarte y derretir en tu llama hasta el tuétano de mis huesos!

El pisar tácito de una esclava negra, descalza, bruñida de piel, se acercó.

—Desea verte, princesa, cierto hombrecillo andrajoso, ruin, que dice que sabe de amores.

—Algún bufón. Hazle entrar. Prepara un cáliz de vino y unas monedas.

Trifón entró, hiriendo el pavimento de jaspe pulimentado con su báculo de nudos. Al ver á Catalina se detuvo, y en vez de inclinarse, la miró atentamente, dardeándola con ojeadas de fuego al través de las peludas cejas que le comían los párpados rugosos.