«Estábamos en los padres del desierto, los solitarios... Había por entonces uno muy renombrado á causa de sus penitencias aterradoras. Se llamaba Trifón. Se pasaba el año, no de pie sobre el capitel de una columna, á la manera del Estilita, sino tan pronto de rodillas como sentado sobre una piedra ruda que el sol calcinaba. Cuando las gentes de la mísera barriada de Racotis acudían con enfermos para que los curase el asceta, éste se incorporaba, alzaba un tanto la piedra, murmuraba «ven, hermanito», y salía un alacrán, que, agitando sus tenazas, se posaba en la palma seca del solitario.

Machucaba él con un canto la bestezuela, y añadiendo un poco de aceite del que le traían en ofrenda, bendecía el amasijo, lo aplicaba á las llagas ó al pecho del doliente y lo sanaba...»

—¡Absurdo!...

—¿Polilla?...

«Agradecidas y llorosas, las mujerucas del pueblo paliqueaban después con el Santo, refiriéndole las crueldades del César Maximino, peor que Diocleciano mil veces; los cristianos desgarrados con garfios, azotados con las sogas emplomadas, que, al ceñirse al vientre y hendirlo, hacen verterse por el suelo, humeantes y cálidas, las entrañas del mártir... Y rogaban á Trifón que, pues tenía virtud para encantar á los escorpiones, rogase á Jesús el pronto advenimiento del día en que toda lengua le alabe y toda nación le confiese.

—Reza también—imploraban—por que toque en el corazón á la princesa Catalina, que socorre á los necesitados como si fuera de Cristo, pero es enemiga del Señor y le desprecia. ¡Lástima por cierto, porque es la más hermosa doncella de Alejandría y la más sabia, y guarda su virginidad mejor que muchas cristianas!

—Sólo Dios es belleza y sabiduría—contestaba el asceta—. Pero despedidos los humildes, gozosos con las curaciones; al arrodillarse en el duro escabel, mientras el sol amojamaba sus carnes y encendía su hirsuta barba negra—la idea de la princesa le acudía, le inquietaba—. ¿Por qué no curarla también, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo? Sería una oveja blanca, propiciatoria...

Una madrugada—como á pesar suyo—Trifón descendió de la piedra, requirió su báculo, y echó á andar. Caminó media jornada arreo, hasta llegar á Alejandría, y cerca ya de la ciudad siguió la ostentosa vía canópica, y derecho, sin preguntar á nadie, se halló ante la puerta exterior del palacio de Costo. Los esclavos januarios se rieron á sabor de su facha, y más aún de su pretensión de ver á la princesa inmediatamente.

—Decidla—insistió el solitario—que no vengo á pedir limosna, ni á cosa mala. Vengo sólo á hablarla de amor, y le placerá escucharme.

Aumentó la risa de los porteros, mirando á aquel galán hecho cecina por el sol, y cuya desnudez espartosa sólo recataban jirones empolvados de sayo de Cilicia.