—Que todas las representaciones en el arte de Catalina Alejandrina la presentan vestida con fausto y elegancia. Desde luego, en cada época, la vestidura es al estilo de entonces; porque no tenían los escrúpulos de exactitud que ahora. Fíjate en esta medalla ó placa que nos has traído. ¿Qué atavíos, eh? Y no es como María Magdalena, que pasó de los brocados á la estera trenzada. Puesta la mano en la rueda de cuchillos que la ha de despedazar, Catalina luce las mismas galas, que son una necesidad de su naturaleza estética. Es una apasionada de lo bello y lo suntuoso, y por la belleza tangible se dirigió hacia la inteligible. Así la tradición, que sabe acertar, hace tan esplendentes las imágenes de la Santa...

—Me gusta Catalina Alejandrina—. Lacónica, la enlutada parpadeó, alisando su negro «gaspar», que le ensombrecía y entintaba las pupilas.

»Pues ha de saberse que los emisarios de Costo aportaron al palacio, entre otras reliquias, dos prendas que, según fama, á Cleopatra habían pertenecido: una era la perla compañera de la que dicen disuelta en vinagre por la hija de los Lagidas—lo cual parece fábula, pues el vinagre no disuelve las perlas—, y la otra presea, una cruz con asas, símbolo religioso, no cristiano, que la reina llevaba al pecho. La perla era de tal grosor, que cuando Catalina la colgó á su cuello—fíjate, el artista florentino autor de esa placa no omitió el detalle—hubo en la ciudad una oleada de envidia y de malevolencia. ¿Se creía la hija de Costo reina de Egipto? ¿Cómo se atrevía á lucir las preseas de la gran Cleopatra, de la última representante de la independencia, la que contrastó el poder de Roma?

Por su parte, los romanos tampoco vieron con gusto el alarde de la hija del tiranuelo. ¿Sería ambiciosa? ¿Pretendería encarnar las ideas nacionales egipcias? ¡Todo cabía en su carácter resuelto y varonil!

También los cristianos—aunque por razones diferentes—miraban á Catalina con prevención. Sabían que el cristianismo era repulsivo á la princesa. No hubiese Catalina perseguido con tormentos y muerte; no ordenaría para nadie el ecúleo ni los látigos emplomados; algo peor, ó más humillante, tenía para los secuaces del Galileo: el desdén. No valía la pena ni de ensañarse con los que serían capaces de martillear las estatuas griegas, con los que huían de las termas y no se lavaban ni perfumaban el cabello. El cristianismo, dentro de la ciudad, se le aparecía á Catalina envuelto en las mallas de mil herejías supersticiosas; y sólo algunos lampos de llama viva de fe, venidos del desierto, la atraían, momentáneamente, como atrae toda fuerza. Los solitarios...»

Polilla, que trepidaba, salta al fin.

—Sí, sí; buenas cosas venían del desierto, de los padres del yermo, ¿no se dice así? ¡Entretenidos en preparar al Asia y á Europa la peste bubónica!

—¿La peste bubónica?—se sorprende Lina.

—La pes-te-bu-bó-ni-ca. Como que no existía, y apareció en Egipto después de que, á fuerza de predicaciones, lograron que no se momificasen los cadáveres, que se abandonasen aquellos procedimientos perfectos de embetunamiento, que los sabios (aunque sacerdotes) egipcios aplicaban hasta á los gatos, perros é icneumones... Al cesar de embalsamar, se arrojaron las carroñas y los cadáveres al Nilo... y cátate la peste, que aún sufrimos hoy.

—Bien...—Lina alzó los hombros.—Con usted, Polilla, se aprende siempre... Pero ahora me gusta oir á Carranza.