»—Es el caso que griegos y judíos—hiló el Magistral—andaban, en Alejandría, á la greña continuamente. Con el advenimiento de los cristianos se complicó el asunto. La confusión de sectas y teologías hízose formidable. Allí se adoraba ya á Jehová ó Jahveh, á la Afrodita, llamada por los egipcios Hathor, al buey Apis y á Serapis, que según el emperador Adriano no era otra cosa sino un emblema de Nuestro Señor Jesucristo, el cual, bajo su verdadero nombre, empezó á ser esperanza y luz de las gentes. Y en Alejandría, además de la persecución pagana, surgió la persecución egipcia, y el pueblo fanatizado degolló á muchos cristianos infelices...»
—¿Eeeh?—satirizó don Antón.
—¡Digo, felicísimos!
»Diocleciano, que parece el más perseguidor de los Césares, tenía sus artes de político, y en Egipto no quería meterse con los dioses locales. Al ver la impopularidad de los cristianos, les sentó mano fuerte. En tal época, cuando el cristianismo aun suscitaba odio y desprecio, despunta la personalidad de Catalina.
Esta mujer es de su tiempo, y en otro siglo no se concibe. Y su tiempo era de pedantería y de cejas quemadas á la luz de la lámpara. En Egipto, las mujeres se dedicaban al estudio como los hombres, y hubo reinas y poetisas notables, como la que compuso el célebre himno al canto de la estatua de Memnon. No extrañemos que Catalina profundizase ciencias y letras. En cuanto á su físico, es de suponer, que, siendo de helénica estirpe (el nombre lo indica), no se pareciese á las amarillentas egipcias, de ojos sesgos y pelo encrespado.
Se educó entre delicias y mimos, en pie de princesa altanera, entendida y desdeñosa. Llegó la hora en que parecía natural que tomase estado, y se fijó en la cohorte de los mozos ilustres de Alejandría, que todos bebían por ella los vientos. Fueron presentándose, y al uno por soso, y al otro por desaliñado, y á éste por partidario del zumo parral, y á aquél por corrompido y amigo de las daifas, y al de la derecha por afeminado, y al de la izquierda por tener el pie mal modelado y la pierna tortuosa, á todos por ignorantes y nada frecuentadores del Serapión y de la Biblioteca, les fué dando, como diríamos hoy, calabazas...
Con esto se ganó renombre de orgullosa, y se convino en que, bajo las magnificencias de su corpiño, no latía un corazón. Sin duda Catalina no era capaz de otro amor que el propio; y sólo á sí misma, y ni aun á los dioses, consagraba culto.
Algo tenía de verdad esta opinión, difundida por el despecho de los procos ó pretendientes de la princesa. Catalina, persuadida de las superioridades que atesoraba, prefería aislarse y cultivar su espíritu y acicalar su cuerpo, que entregar tantos tesoros á profanas manos. Su existencia tenía la intensidad y la amplitud de las existencias antiguas, cuando muy pocos poderosos concentraban en sí la fuerza de la riqueza, y por contraste con la miseria del pueblo y la sumisión de los esclavos, era más estético el goce de tantos bienes. Habitaba Catalina un palacio construído con mármoles venidos de Jonia, cercado de jardines y refrescado por la virazón del puerto. Las terrazas de los jardines se escalonaban salpicadas de fuentes, pobladas de flores odoríferas traídas de los valles de Galilea y de las regiones del Atica, y exornadas por vasos artísticos robados en ciudades saqueadas, ó comprados á los patricios que, arruinándose en Roma, no podían sostener sus villas de la Campania y de Sorrento. Para amueblar el palacio se habían encargado á Judea y Tiro operarios diestros en tallar el cedro viejo y tornear el marfil é incrustar la plata y el bronce, y de Italia pintores que sabían decorar paredes al fresco y encáustico. Y la princesa, deseosa de imprimir un sello original á su morada, de distinguir su lujo de los demás lujos, buscó los objetos únicos y singulares, é hizo que su padre enviase viajeros ó le trajese en sus propios periplos rarezas y obras maestras de pintura y escultura, joyas extrañas que pertenecieron á reinas de países bárbaros, y trozos de ágata arborescente en que un helecho parecía extender sus ramas ó una selva en miniatura espesar sus frondas...»
—¿No has notado una cosa, Lina?—se interrumpió á sí mismo el Magistral, volviéndose hacia la pelinegra y abatiendo el tono.