—Déjeme oir, amigo Polilla...—suplicó la de los fúnebres crespones—. Sin un poco de ambiente, no cabe situar un personaje histórico.
—¡Bah! Este personaje no es...
—¡Silencio!
«Alejandría, por entonces, fué el punto en que el paganismo se hizo fuerte contra las ideas nuevas. Porque el paganismo no se defendía tan sólo martirizando y matando cristianos; hasta los espíritus cultos de aquella época dudaban de la eficacia de una represión tan atroz. Acaso fuese doblemente certero desmenuzar las creencias y los dogmas, burlarse de ellos, inficionarlos y desintegrarlos con herejías, sofismas y malicias filosóficas...»
Inciso.
—La estrategia de nuestro buen amigo don Antón...
Polilla se engalló, satisfecho de ser peligroso.
«No ignoran ustedes los anales de aquella ciudad singularísima, desde que la fundó Alejandro dándole la forma de la clámide macedonia hasta que la arrasó Ornar. Olvidado tendrán ustedes de puro sabido que el primer rey de la dinastía Lagida, aquel Tolomeo Sotero, tan dispuesto para todo, al instituir la célebre Escuela, hizo de Alejandría el foco de la cultura. Decadente ó no, en el mundo antiguo la Escuela resplandece. La hegemonía alejandrina duró más que la de Atenas; y si bajo la dominación romana sus pensadores se convirtieron en sofistas, tal fenómeno se ha podido observar igualmente en otras escuelas y en otros países.
Bajo Domiciano empezó á insinuarse en Alejandría el cristianismo. Notóse que bastantes mujeres nobles, que antes reían á carcajadas en los festines, ahora se cubrían los cabellos con un velo de lana y bajaban los ojos al cruzar por delante de estatuas... así... algo impúdicas...»
—Vamos, las primeras beatas...—picoteó Polilla.