—¡A quien Jove otorgue el imperio entero!—deseó Hipermio, que estaba presente y conocía lo que soñaba César.

—¿No te di anoche esta orden misma?

—Sí, Augusto; pero ya sabes...

Maximino frunció el ceño, y, secamente, pronunció la fórmula:

—¡Cúmplase!

En todas las esquinas de las calles, en medio de las plazas, se elevaron altares enramados de hiedra y flores, donde se degollaban con aparato becerras, cabras, novillos y hasta cerdos. Los sacrificadores y los hierofantes andaban atareadísimos. Parte del pueblo se regocijaba, porque, además de la perspectiva de los cristianos que se negarían á sacrificar y serían torturados, se celebraban ya todas las noches, en el Panoeum, priápeas sacras, y las sacerdotisas, representando ninfas, y los sacerdotes, envueltos en pieles de chivo, daban el ejemplo de torpezas que divertían á la gentuza. Sin embargo, no pocos fieles á Serapis y á la gran Isis veían con reprobación estas mascaradas repugnantes, y los cristianos, horrorizados, anunciaban fuego del cielo sobre la ciudad. Muchos, sin miedo, resistían el sacrificio, ó pasaban erguidos sin dar señal de respeto á los númenes; y las cárceles empezaron á abarrotarse de presos. El César sentía la falta de unidad: tres Alejandrías, en vez de una Roma, le preocupaban. ¿Irían á sublevársele? Ordenó que se soltase á la mayor parte de los encarcelados, y preguntó ansiosamente:

—¿Y la princesa Catalina? ¿Cumple el decreto?

—No, Augusto—satisfizo Hipermio—. Delante de su palacio no hay altar, á pesar de que se le ordenó que lo construyese, con la riqueza que tan espléndida morada exige.

—Es preciso que hoy mismo se me presenten aquí ella y su padre.

—César..., en cuanto á su padre, no creo que pueda ser acatado tan pronto tu mandato, porque se ha ausentado, nadie sabe adónde, después de decir que, aun cuando sus creencias son las del antiguo Egipto, gustoso sacrificaría á Apolo, porque le considera igual á Osiris, y, como él, representa el principio fecundador. La que se ha negado resueltamente es la princesa.