—¿Se ha negado, eh? Pues que sea conducida aquí. Deseo hablar con ella y cerciorarme de que su alto ingenio no la ha librado de caer en las supersticiones del populacho judío.

Cuando entró Catalina en la magnífica sala peristila donde el César daba sus audiencias, él la contempló, como se mira la joya que se codicia, sin atreverse á echarle mano aún. Venía la hija de Costo regiamente ataviada: su túnica sérica, del azul de las plumas del pavo real, estaba recamada de gruesos peridotos verdes y diamantes labrados, como entonces se labraban, en la forma llamada tabla. Sus pliegues majestuosos realzaban la figura dianesca, lanzal y erguida, que, lejos de inclinarse humilde y bajar los ojos como la mayoría de las cristianas, se enhiestaba con la altiva nobleza del que se siente superior, no sólo á la vida común, sino al común destino. La inteligencia destellaba en la blanca y espaciosa frente, en los verdes dominadores ojos, en la boca grave, pronta á dejar efluir la sabiduría. Sobre el reducido escote, pendiente de la garganta torneada, la célebre perla de Cleopatra Lagida tiembla, pinjante, sostenida por un hilo delgado de oro. Una diadema sin florones, toda incrustada de pedrería, semejante á las que más tarde lucieron las emperatrices de Bizancio, recuerda la alta categoría de la princesa. Un velo de gasa violeta pende del atributo regio y cae hasta el borde del ropaje. Su calzado, de cuero árabe con hebillaje de plata, cruje armoniosamente á la euritmia del andar.

—César, aquí estoy. Deseo saber por qué me llamas.

Maximino, indeciso, señaló á un escaño. Catalina recogió su velo, se envolvió en él y se sentó tranquila.

—Me han dicho, princesa, que te has hecho galilea hace poco tiempo.

—Te engañaron, emperador...—Después de breve pausa.—Yo era cristiana ya, desde hace años. Lo era por mis ideas platónicas, por mi desprecio de la sensualidad y la brutalidad. Era cristiana porque amaba la Belleza... En fin, Augusto, creo que te aburriría si te expusiese teorías filosóficas. Espero tus órdenes para retirarme.

—No soy tan docto como tú, princesa—ironizó el César, mortificado—, pero sé que, cuando se está bajo las leyes de un Imperio, hay que acatarlas, porque de la obediencia á la ley nacen el orden y la fuerza del Estado. Cuanto más elevadas sean las personas, más estrecho es el deber para ellas. Y, con toda tu ciencia y tu erudición, hoy, delante de mí, sacrificarás una primorosa becerra blanca.

—Maximino—se afianzó ella, arreglando los pliegues del velillo—, yo, en principio, no me niego á nada que mi razón apruebe. Supongo que esto te parecerá muy justo. Convénceme de que Apolo y la Demeter son verdaderos Dioses y no símbolos del Sol, de la Tierra, de cosas materiales... y sacrificaré.

—Catalina—insistió Maximino—, ya te he dicho que no soy un retórico ni un sofista, y no he aprendido á retorcer argumentos. El combate sería desigual.

—No se trata de ti ¡oh, Augusto! Te respeto, créelo, tal cual eres. Me ofrezco á discutir, á presencia tuya, con cuantos filósofos te plazca. Si les venzo, César..., ¡prométeme que adorarás á Cristo! Hazlo, ¡oh, Dacio!, si quieres reinar largos años y morir en tu lecho.