Los sabios cuchichearon. No podían, bastantes de ellos, desconocer ni negar la doctrina platónica. En la conciencia filosófica el paganismo oficial era cosa muerta. Pero en el gentío, los paganos gruñían con terror maquinal:—¡Ha blasfemado del divino Arquero!

Gnetes, sin embargo, no acertaba á replicar. En el fondo de su alma él tampoco creía en el numen de Apolo, aunque sí en su apariencia seductora y en la energía de sus rayos. Y la verdad, subiéndosele á la garganta, le atascaba la voz en la nuez para discutir. Empavorecido, reflexionaba:—¿Acaso pienso yo enteramente como Catalina?—Y se propuso disimularlo, fingiendo indignación ante la blasfemia.

Salía ya á contender el egipcio Necepso, empapado en Filón y Plotino, y cuya fama emulaba á la de Porfirio, el que había publicado los Tratados del maestro. Ocurrió entonces algo singular: Catalina solicitó permiso para adelantarse á los razonamientos de Necepso, y tomando la ofensiva expuso las mismas teorías del filósofo, encontrando en ellas plena confirmación del cristianismo. Limitándose á atenerse á las enseñanzas de Plotino, mostró á este insigne pensador desenvolviendo la idea de la Trinidad, de la divina hipóstasis, en que el Hijo es el Verbo; y expuso su doctrina de que el alma humana retorna á su foco celestial por medio del éxtasis y de la contemplación.

—Tú, como yo, Necepso—urgía Catalina—; tú, discípulo de Plotino, has sido cristiano ignorando que lo eras. Por la medula con que te nutriste vendrás á Cristo, pues el entendimiento que ve la luz ya no puede dejar de bañarse en ella.

Al hablar así, bajo el reflejo del velario purpúreo, se dijera que envolvía á la princesa un fluido luminoso, que una hoguera clara ardía detrás de sus albas vestiduras. Maximino la miraba, fascinado. ¡No, no era fría ni severa como la ciencia la virgen alejandrina! ¡Cómo expresaría el amor! ¡Cómo lo sentiría! ¿Qué pretendían de ella los impertinentes de los filósofos? Lo único acertado sería llevársela consigo á las cámaras secretas, frescas, solitarias del palacio imperial, donde pieles densas de salvajinas mullen los tálamos anchos de maderas bien olientes.

Necepso, entretanto, se rendía.—Si el cristianismo es lo que enseñó Plotino, cristiano soy—confesaba—. Catalina se acercó á él, sonriente, fraternal.

—Cristo te coge la palabra... Acuérdate de que le perteneces... Ora por mí cuando llegues á su lado...

Ya un centurión ponía la mano dura y atezada sobre el hombro del egipcio y le arrastraba hacia el altar de Apolo, ante el cual un viejo de barbas venerables, coronado de laurel, columpiaba el incensario y se lo brindaba á Necepso. A la señal negativa de éste, dos soldados le amarraron y le llevaron fuera, á la prisión. Terminada la disputa pública, se cumpliría el edicto. Necepso sería azotado en la plaza hasta que se descubriese al vivo la blancura de sus huesos.

Proseguía el certamen, pero el caso de Necepso había difundido cierta alarma entre los sabios. Unos temían ponerse en ridículo si eran vencidos por una mujer; otros temblaban por su pellejo si no acertaban á rebatir y pulverizar á la docta Catalina, ducha en la gimnasia de la palabra y recia en el raciocinio. Algunos, al contemplarla, olvidaban los argumentos que tenían preparados. Ninguno deseaba entrar en turno de pelea. Lo que hicieron varios fué—sin atacar á la princesa ni al cristianismo—desarrollar sus teorías y exponer la doctrina de sus maestros. Y desfilaron los tanteos de la razón humana para descubrir la ley de la creación y la que rige el mundo moral. Amasis, que venía de Persia impregnado de doctrinas induas, encomió la piedad con todos los seres, pues en todos hay algo de Dios; y Catalina le demostró que la caridad cristiana amansa al alacrán y le hace hermano menor nuestro. Un partidario de Zoroastro habló de Arimanes y Ormuz, principios del mal y del bien, y de su eterna lucha; y la princesa describió á Cristo, sobre la montaña del ayuno, venciendo al demonio. Un filósofo que se había internado más allá de las cordilleras del Tibet, en busca de sabiduría ignorada, puso en las nubes á cierto varón venerable llamado Kungsee ó Confucio, muy anterior á Cristo, que profesó altas doctrinas de justicia y moralidad, y ordenó que se ayudasen mutuamente los hombres; y la virgen, que conocía bien á Confucio, recordó sus máximas, probando que su sistema no pasaba de ser un materialismo limitado y secatón. Y un hebreo, procedente de Palestina, de la secta de los Esenios, en arranque invencible de sinceridad, gritó volviéndose hacia el concurso:—Rabí Jesuá-ben-Yusuf, que era santo, se ha reducido á completar la admirable doctrina humanitaria de nuestro gran Hillel. No hagas á otros lo que no quieras que te hagan á ti. He aquí la verdad, y esto no tiene refutación posible.—Catalina asintió con la cabeza.

La concurrencia espumarajeaba y hervía como mar revuelto. El triunfo de la hija de Costo era visible. Los cristianos, entre el hervidero, se estrechaban la mano á hurtadillas. Los serapistas, patrióticamente, se regocijaban del revuelco á los númenes extranjeros. Aún faltaban los sofistas griegos, muy numerosos; pero hallaban el terreno mal preparado. Expuestas en aquella solemne ocasión, sus ideas sobrado simplistas, ó rebuscadas y retorcidas, insólitas, sin ambiente en Alejandría, parecían bichos deformes que salen de su guarida á calentarse en la solanera. Habituados bastantes de los que escuchaban á elevadas metafísicas, fruncían el entrecejo y castañeteaban los dedos en señal de menosprecio al oir que un discípulo de Tales salía con la antigualla de que la substancia universal es análoga al agua, y uno de Anaxímenes se desgañitaba afirmando que era idéntica al aire, y otro de Heráclito sostenía que cada cosa es y no es, y el de Anaxágoras repetía que todo está en todo. Algo hastiados ya de la prolongación de la disputa, hirieron impacientes el pavimento de mármol con los pies, cuando un pitagórico adelantó que los números son la única realidad, y un eleático sostuvo que el todo está inmóvil; que el movimiento no existe. Un secuaz de Gorgias llegó más allá, aseverando que no existe cosa ninguna. Y sólo se escuchó con señales de aprobación á un mancebo ateniense, el único mozo entre los mantenedores del certamen. Su habla era grave y dulce; sus facciones poseían la regularidad de las testas heroicas, en los camafeos. Seguro de sí mismo, con labio untado de ática melosidad, habló de Sócrates, del excelso mártir, y encareció su enseñanza y su vida. Recordó que Sócrates había demostrado la existencia de Dios y su providencia; y que, después de proclamar la ley moral, por no renegar de ella había muerto. Trazó el cuadro de aquella muerte ejemplarísima, y describió al justo, tranquilo, entreteniendo en conversaciones sublimes los treinta días que tardó en regresar la fatal galera, nuncio de su última hora, y la calma augusta con que bebió la verde papilla ponzoñosa, seguro de legar la energía de su vida interior al género humano. Catalina escuchaba estremecida de inspiración, radiante de ardorosa simpatía. Por primera vez, durante todo el certamen, el escalofrío de la belleza moral la estremecía de entusiasmo. ¡Sócrates! Uno de sus antiguos cultos... Sin embargo, su espíritu de análisis agudo, penetrador, surgió en la réplica. Rehaciendo la biografía del amigo de Aspasia, la comparó á la de Cristo. Sócrates, en su mocedad, había sido escultor, y nunca perdió la afición á la perecedera belleza de la forma. Al extravío del mundo pagano, á lo nefario que clama por fuego del cielo, no había sido tal vez ajeno Sócrates. Su noble alma no había sabido elevarse sobre el sentido naturalista de lo que le rodeaba. ¡Oh, si Sócrates hubiese podido conocer á Cristo, llorar con él, seguir sus pies evangelizantes! Y, transportada, exclamaba la princesa:—¡Habrá muerto Sócrates como un justo; pero Cristo, mi Señor y el tuyo y el de cuantos quieren tener alas, murió cual sólo los Dioses pueden morir!