El ateniense bebía las palabras de la filósofa. Sin analizar lo que hubiese de verdad en sus afirmaciones, las sentía hincarse en su espíritu como cortantes cuchillos de oro. Atraído, salió del lugar que le correspondía y se aproximó, juntando y alzando las manos lo mismo que si implorase á las Divinidades implacables y terribles. Catalina le enviaba la irradiación de mar misterioso y de hondas aguas de sus pupilas, y adelantaba hacia él, murmurando:

—¡Cristo es tu Dios, amado hermano; Cristo te ha sellado con su sangre de fuego!

Maximino, colérico, dió una orden. El mancebo, con sencilla firmeza, hizo señales negativas al requerimiento de incensar. No estaba aún del todo seguro de adorar á Cristo, pero ansiaba, ante la princesa, realizar también él algo bello, con desprecio de las miserias de la carne. Le ataron como á Necepso, y le sacaron fuera. Mientras pudo, volvió la cabeza para mirar á su vencedora.

No extinguido aún el rumoreo intenso, el abejorreo de emoción en el auditorio, salieron á plaza los moralistas prácticos y los ironistas, que atacaron á los cristianos burlándose de sus ritos, costumbres y creencias. Mal informados, ó con podrida intención, propalaban especies absurdas. Uno emitió que en las Asambleas de los galileos se adoraba una cabeza de jumento, y otro relataba, lo propio que si los hubiese visto, ciertos conciliábulos de galileos y galileas, donde, apagadas las luces, se cometían torpezas indescriptibles. No faltó quien fustigase la cobardía de los cristianos, que se negaban á formar parte del ejército; y un bufón, con chanzoneteo burdo, juró que sólo los esclavos podían profesar una religión que manda besar el suelo y postrarnos ante quien nos apalea. El concurso, ya perdido el respeto á la presencia del César, se alborotó, descontento del giro bajuno y soez que tomaba la discusión. Los alejandrinos, hechos á la controversia, golosos de buen decir y de sutilezas brillantes, protestaban. Así es que cuando Catalina—también irónica, cubriendo la espada de su indignación bajo su bordado velo virginal—les acribilló con burlas elegantes, con centelleos de ingenio, con sátiras que tenían la gracia juguetona del acero de Apolo al desollar al sátiro hediondo y chotuno—ya no se contuvieron los oyentes, y sus aclamaciones sancionaron la victoria de la princesa.—¡Salud, salud á Catalina!—se oía repetir—. Y los cristianos, envalentonados, enloquecidos—añadían:—¡Salve, doctora, maestra, confesora! ¡La Santa Trinidad sea contigo!—Algunos de los procos, que en primera fila esperaban la derrota de su orgullosa pretendida, acababan por contagiarse, y pugnaban contra la valla de bronce, ansiando sacar en triunfo á Catalina, en hombros, entre vítores.

El emperador, de quien nadie se acordaba, alzó el pesado cetro. Era la señal de que la prueba había terminado, y la orden para que la guardia despejase el recinto. Descendió Maximino los peldaños del estrado, tomó de la mano á la princesa, y por la puerta del fondo la hizo entrar en el palacio, llevándola hasta una sala interior. El séquito, respetuoso, se había quedado atrás. El César convidó á Catalina á sentarse en el sillón leonino, á cuyo alrededor despojos de pantera y tapices de plumas emblandecían el pisar. Dió luego una palmada, y esclavos silenciosos trajeron hielo, frutas, cráteras de vinos viejos y una composición de anís, azafrán y zumos de plantas fortalecedoras, especie de cordial que Maximino usaba cuando se sentía exhausto.

—Bebe, princesa—dijo rendidamente, permaneciendo en pie ante la hija de Costo—. Las fuerzas humanas tienen un límite. Yo te veía, y me parecías cervatilla blanca resistiendo á las dentelladas de los canes. Te he admirado, y reconozco que derrotaste á los sabios del mundo entero. Eres fuerte, eres docta, y, sin embargo, no desconoces la virtud del donaire, por la cual se esparce el alma. Catalina, el emperador se inclina ante tu entendimiento portentoso y tu encanto que trastorna como este vino de la Mareótida que te ofrezco.

Por hacer mesura, Catalina humedeció en la copa sus labios.

—No estoy cansada, César. Estoy alegre y mis pies se despegan del suelo. He vencido.

—Has vencido—replicó él con embeleso, libando á su vez en la copa por ella empezada—. No cabe negarlo.

—Tres conquistas, por lo menos, he hecho para Cristo. Necepso, el socrático ateniense, y... y tú. Porque no habrás olvidado nuestro convenio. Y ante todo, que Necepso y el discípulo de Sócrates no sean llevados al suplicio.