—Oye, Catalina...—Maximino acercó un escaño y se llegó al velador de ágata, que soportaba el refresco—. Escúchame, que en ello nos va mucho á los dos.
Catalina apoyó el codo en la mesilla y en la palma de la mano la cabeza, aureolada de esmeraldas. Maximino comprendió que le atendían religiosamente.
—Tú, princesa, puedes prestar servicio incalculable á ese Numen que adoras. Un servicio que todas las generaciones recordarían, hasta el último día de la especie humana. Para que confíes en mí, he de abrirte mi pecho. Descreo de nuestros Dioses. Acaso en algún tiempo tendrían fuerza y virtud; pero ahora noto en ellos signos de caducidad. Los oráculos chochean. Yo he consultado las entrañas de las víctimas, y ó mienten ó inducen á error. Los del Galileo sois muchos ya, Catalina; sois más de los que creéis vosotros; advenís. El que se apoye en vosotros, podrá afianzar el poder imperial completo, como en los tiempos gloriosos de Roma.
La virgen escuchaba, con todas sus facultades, interesadísima.
—Catalina, cuando te miraba ayer, pensaba en tu forma, en las apretadas nieves de tu busto, en el aroma de tu cabellera. Hoy pienso en que eres fuerte y sabia y en que el hombre á quien recibas puede descansar en ti para la voluntad y el consejo. Yo tengo momentos en que me siento capaz de adueñarme del mundo; pero, según Helios avanza en su carrera, desfallezco y anego mis ansias de engrandecerme en el vicio y en la sensualidad. Necesito un sostén, una mano amada que me guíe. Mi socio Constantino está fortalecido por el apoyo de su madre. Yo no tengo á nadie; á mi alrededor hierven los traidores, que si les conviene me apuñalarán ó me ahogarán en el baño. Desconfío de todos, porque conozco sus vicios, iguales á los míos. Tú eres incapaz de felonía. Unido á ti seré otro; recobraré la totalidad del poder que hoy reparto con Licinio, el árbitro de Oriente, y Constantino, el hijo de la ventera, á quien aborrezco. ¡Y, ejerciendo ya el poder sumo, extinguiré la persecución, toleraré vuestros ritos, como hace él, que es ladino y ve á distancia! Hasta tomaré la iniciativa de que se le erija al Profeta de Judea un templo tan esplendoroso como el Serapión. Tú pondrás la primera piedra con tus marfileñas manos. Y si quieres más, más todavía. Dicen que para ser de los vuestros hay que recibir un chorro de agua pura en la cabeza. No quedará por eso. ¿Ves adónde llego, Catalina? ¿Ves cuál servicio se te ofrece ocasión de rendir á tu Numen y á los que como tú siguen su ley? ¿No es esto mejor que sufrir por él la centésima vez, sin eficacia, garfios y potro?»
—En Dios y en mi ánima juro—no pudo reprimirse más Polilla, que no se desahogaba lo bastante con garatusas y balanceos de cabeza—que su Majestad don Maximino era en el fondo buena persona, y hablaba como un libro de los que hablan bien. Ya verán ustedes cómo su Alteza doña Catalina va á salir por alguna bobaliconería, porque estas mártires no oyen razones...
»Catalina, un momento, suspendió la respuesta. Se recogía, luchaba con la tentación poderosa, ardiente. Su ancha inteligencia comprendía la importancia de la proposición. Más de tres siglos heroicos habían madurado y sazonado al cristianismo para la victoria, y acaso era el momento de que se atajase la sangre y cesasen las torturas. La lucha continuaría, pero en otras condiciones, y Catalina se veía á sí misma en una cátedra, en la abierta plaza pública, enseñando la verdad, confundiendo herejías, errores, supersticiones y torpezas; ó en el solio, cobijando bajo su manto de Augusta á los pobres, á los humildes, á los creyentes, á los antiguos mártires que saldrían del desierto ó de la ergástula á fin de que sus heridas por Cristo fuesen veneradas por la nueva generación de cristianos ya victoriosos y felices... En el ensueño íntimo de Catalina surgía el templo á Jesús Salvador, doblemente magnífico que el Serapion,—del cual se decía que estaba colgado en el aire, y en cuya sala fúnebre subterránea yacían los restos del blanco buey idolatrado.—Acaso fuese posible purificar el mismo Serapion, expulsar de allí al numen bovino y elevar en su cima la Cruz. Una palabra de Catalina conseguiría todo eso. Por ella, el César cristianizaría al Imperio inmenso, y, realizándose las profecías, confesaría al Señor toda lengua y le rendiría culto toda gente, desde las frígidas comarcas de Scitia hasta los arenales líbicos. ¿Quién impedía?...
Lo impedía un anillo, que un niño había ceñido á su dedo, y una especie de latido musical, que allá dentro, más adentro del mismo corazón, repetía, lento, suave, como una caricia celeste:
—Eres hermosa... Te amo... Eres mía, mía...
—Maximino...—articuló pausadamente—, me avengo gustosa á lo que me ofreces: seré tu consejera, tu amiga, tu hermana, tu socia. Pero... en cuanto á ser tu mujer... tengo dueño, y dueño tan dulce y tan terrible, que no me permitirá la infidelidad. Tengo Esposo...—Y, moviendo el dedo, hizo fulgir el anillo.