—¿Te burlas, princesa? Haces mal, porque Maximino te ha hablado como nunca volverá á hablar á nadie. ¿Acaso no eres virgen?

—Virgen soy y seré.

—Serás mi emperatriz. Ya te he dicho que por ti iré hacia tu Profeta crucificado. Mil veces he sentido que los dioses de Roma no me satisfacen. Quizás prefiero á Serapis. Preferiré, sin embargo, al tuyo. Pero tráeme la fe entre tus labios. La suma verdad está en lo que amamos, en lo que exalta en nosotros la felicidad. ¿Otro sorbo, princesa?

—César...—insistió ella rechazando la copa—no sé si me creerás; yo, aunque tengo dueño, te amo también á ti; amo á tu pobre alma obscura que ha entrevisto un rayo de claridad y vuelve á cegar ahora. Líbrate de la horrible suerte que te aguarda. Tu porvenir depende de tu resolución. No pasará mucho tiempo sin que Cristo tenga altares y basílicas en el Imperio y en toda la tierra. El emperador que realice esta transformación vivirá y vencerá, y su nombre llenará los siglos. El que se oponga, no morirá en su lecho, y acaso morirá de su propia mano. ¡Cuidado, Maximino! La suerte va á echarse. Conviértete, pide el agua—, pero sin exigirme nada, sin disputarle á Jesús su prometida. He sido tentada, pero resistiré.

Maximino palideció de cólera. Decadente hasta en la pasión, no tenía ni el arranque brutal necesario para estrechar á la princesa con brazos férreos, para estrujarla con ímpetu de fiera que clava las garras, hinca los dientes y devora el resuello de su presa moribunda. Un vergonzoso temblor, un desmayo de la voluntad lacia y sin nervio le incitaba á la crueldad, á la venganza de los débiles y miserables.

—Basta, princesa; no te disputo ya al Esposo imaginario á quien llamas é invocas. No soy un faenero del muelle, ni un soldado de la hueste tracia, y no te amarraré con soga á un lecho de encina, para ultrajar tu escultura maravillosa. A Maximino también se le alcanza algo de exquisiteces, sobre todo cuando no ha sepultado su razón maldita en el jugo de las vides y en el peligroso hondón de las ánforas. Has visto á un Maximino Daya que sólo existió para ti. Respeto en ti, ¡oh, Catalina!, el mismo respeto con que te hice proposiciones: respeto tu zona virgínea, tu anillo milagroso de desposada. Pero respeto también la ley, y he de cumplirla.

Palmoteó tres veces. Algunos hombres de su guardia se presentaron.

—Que vengan los sacerdotes de Apolo. La princesa tiene que incensar al Numen. Si no obedece á la ley, que sufra su peso.

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* *

Catalina, penetrada de gozo repentino, segura ya de su ruta, se enderezó y se envolvió, erguida y altanera, en el albo y argentado velo. El César se retiraba poco á poco; en el incierto avance de sus piernas se descubría la indecisión del ánimo. Una exclamación compasiva de la virgen espoleó su vanidad. Encogióse de hombros; hizo con la siniestra el ademán del que arroja algo lejos de sí y se alejó á paso activo, desigual, airado. Minutos después dió órdenes. Aquella noche, festín. Y los mejores vinos, y las saltatrices y meretrices más expertas.