Entre los sacerdotes, que todavía la trataban con sumisa cortesía, Catalina volvió al extenso patio, en cuyo costado se erguía la imagen del Dios. La organización estética de la naturaleza de Catalina se reveló en su actitud ante el simulacro. Generalmente, los cristianos, al encararse con las efigies de los Dioses de la gentilidad, hacían gestos de repulsión y reprobación. Entonces como ahora, existían los incomprensivos y los que comprenden con finura. La princesa no apartó los ojos, antes al contrario, pareció admirar breves momentos la obra maestra de Praxíteles, considerando que aquella escultura era nobilísima representación del cuerpo humano, hecho á imagen y semejanza del Creador y bajo cuya envoltura se ocultó y padeció la divinidad de Cristo.
El hijo de Latona, airoso, cercada la sien por la artística maraña de sus rizos grandiosamente ensortijados; avanzando un pie de corte tan elegante, curvado y prolongado, que se diría que hollaba nubes, en vez del mármol rojo del pedestal, empuñaba con la diestra el Arco de plata, y con la siniestra echaba atrás el manto de armoniosos pliegues, que una fibula sujetaba al hombro. Profirió Catalina algunas frases de elogio y aun de simpatía. ¿No era aquél el símbolo de la más perfecta y maravillosa de las criaturas, del Sol que fecundiza los campos y sazona la mies, que da el pan del cual viven los hombres, alabando al Señor y disfrutando de los sabores sanos de la vida?
Mas no lo entendió así el viejo pontífice de Helios, que tendió á la princesa la cazoleta humeante. Ella la rechazó suavemente, sin indignación ni menosprecio. El pontífice no podía elevarse á la interpretación científica del mito solar: ¡era un sacerdote ritualista; una fórmula, el incienso... y, si no, la muerte! Y tres veces hizo Catalina con la mano el gesto que la sentenciaba; el gesto con el cual se despedía de su mocedad en flor, de su existencia inimitable, de sus estudios elevados que aristocratizan el pensamiento; del arte, de la belleza visible y gaya y varia, presente en el arbusto odorífero y en la cincelada copa...
—A tí voy, ¡oh hermosura incorruptible! ¡Dulce dueño, voy á ti!
La retiraron del patio y la encerraron, no en hórrida mazmorra, sino en una estancia pequeña, sin ventanas, contigua al cuerpo de guardia, por precaución de que los cristianos, alborotándose, intentasen darla libertad. Y el pontífice convocó á los sacerdotes y á algunos funcionarios y aun sabandijas del palacio, como aquel sofista Gnetes, primer derrotado en la liza filosófica; y reunidos en conciliábulo, deliberaron sobre la suerte de la nueva galilea. Á medias palabras convinieron en que el César estaría ebrio aquella noche, y que si no debían cumplirse, por advertencia de él mismo, las órdenes que diese en su embriaguez, nada impedía ejecutar las proferidas antes. Catalina pertenecía ya á los jueces y á los sacerdotes, á cuyo brazo vengador la había relajado Maximino. Ó se retractaba ante el tormento y el suplicio, ó se ejecutaría lo mandado. Y había entre los deliberantes un tácito instinto de apresurar, porque temían que á la mañana siguiente, el tantas veces irresoluto César cambiase de parecer, lo cual se interpretaría como indicio del miedo á los cristianos y á los serapistas, partidarios del tiranuelo Costo. La religión oficial necesitaba herir, dar un golpe de fuerza, imponerse. Con nadie mejor que con la orgullosa Catalina.—Y les quedaba la esperanza de una retractación, ante un martirio que procurarían horrificar y encruelecer. La victoria filosófica obtenida en el certamen por la mañana era de deplorable efecto en Alejandría para las creencias del Imperio. Los cristianos efervescían, al correr la voz de que se iba á atormentar á la doncella. No se debía dar tiempo á que se conchabasen y tramasen un complot; el hecho tenía que realizarse la misma noche... ¡Qué triunfo, si en presencia de los instrumentos de tortura, la sábia renegase del Galileo!
Y Gnetes, sacando su cabeza de tortuga del hondo de su corcova, opinó:
—El único modo de reducir á una hembra tan soberbia sería amenazarla con una excursión forzosa al lupanar, ó con una fiesta del Panoeum, en que ella hiciese de ninfa y nosotros de capripedes.
Varios sacerdotes jóvenes y cortesanos aprobaron, prometiéndose una noche divertida; pero el pontífice, cauto, reprobó. No, era necesario irse con pies de plomo: Costo tenía poder, muchos partidarios entre los nacionalistas egipcios, y al regresar de su viaje, si se conformaba á los rigores de la ley con su hija, podría no avenirse á tolerar el escarnio. No estábamos en la augusta Roma, sino en una ciudad donde la mayoría de los habitantes todavía barniza con nafta á sus muertos, y donde los inmundos cristianos roen y socavan, como topos, el pavimento y los cimientos del templo apolínico. La virgen es peligrosa. Cuanto antes, y sin aventurarse á ninguna fantasía, desembarazarse de ella. Ó reniega ó perece.
Fué llamado ante la junta el verdugo mayor, el etíope Taonés. Preciábase de maestro en su género, y, recientemente, con artificio salvaje, había inventado varios instrumentos para martirizar; ciertos peines de hierro de púas cortas, con los cuales se procedía á un verdadero despellejamiento, sin ahondar, á fin de evitar la muerte rápida.
—El dios Apolo—se envanecía el negro—hubiese debido pelar así á Marsias. El sátiro sufriría infinitamente más.