El pontífice, atento al aspecto político de la cuestión, le encargó que idease una tortura en la cual no necesitasen los sayones poner la mano sobre la mártir, y que sin embargo fuese aterradora. Después de meditar, pidió Taonés carpinteros y herreros y se encerró con ellos, dirigiendo su labor. Una ó dos horas bastaron para construir la máquina. Era un aparato sencillo, ingenioso. Formábanlo cuatro ruedas, guarnecidas al exterior de agudas puntas de clavos, cuchillos y alambres, sólidamente encastradas en la madera. Desde lejos, una cuerda unida á una manivela ponía las ruedas en movimiento, y entre el doble juego del artefacto cabía un cuerpo humano de pie; de suerte que, al giro rotatorio, pecho, espaldas, hombros, muslos, quedarían desgarrados. A la tercer vuelta del infernal artificio, sería la mártir una sanguinolenta masa, y piltrafas de su carne colgarían de las ruedas, sin que tuviera ninguna herida mortal, pues Taonés, fiel á sus principios, había embutido profundos los clavos y las puntas.
—Hoy mismo—insistía angustioso el pontífice—. En la demora está el riesgo. Además de los filósofos á quienes ha embaucado la princesa, dícese que se ha hecho cristiano, después de la controversia, Porfirio, coronel de la primera legión. Se derrumban las aras de los Dioses, si no las apuntalamos. No se le pregunte más al César. ¿No ha dado la orden? Pues basta.
Y Gnetes sugirió:
—Al terminarse el banquete, el César estará en estado de presenciar...
Hacía dos ó tres horas que la noche sin crepúsculo de Egipto convertía el cielo en negro zafiro tallado en hueco, salpicado de fúlgidos diamantes, cuando sacaron de su encierro á Catalina para conducirla al patio, donde sería juzgada.
Venía quebrantada la color por la abstinencia, pues, suponiendo que moriría presto, guardaba ayuno; y además, por el miedo á flaquear en el supremo trance. Interiormente invocaba al Esposo:
—No me desampares. No desprecies mi cobardía. ¡Tú sudaste sangre al ver el cáliz! No consientas que arranquen mis ropas, que afeen mi rostro. Tú eres la hermosura...—La hermosura ideal, Catalina—creyó oir dentro de su mismo corazón. Y elevó la frente, recobrada su arrogancia, su calma estoica.
A pesar del secreto que se había querido guardar, detrás de la baranda se agolpaba no poca gente. Los interrogatorios de los mártires, sus torturas, su ejecución, eran actos que no podían realizarse á puerta cerrada. Se guardaban formulismos de legalidad. A la luz rojiza de las antorchas y á la amarillenta de los lampadarios, Catalina apareció, y una marea alborotó al gentío. Su aro de esmeraldas destellaba vívido. Sonreía.
Maximino presidía el tribunal—, pero sin conciencia de lo que iba á suceder—. Salía de la mesa, coronado de hiedra y rosas marchitas, completamente embriagado, y destuetanado además por caricias diestramente impuras. La escena se le aparecía como al través de un velo de niebla. De tiempo en tiempo derrumbaba la cabeza hacia atrás, y cogía una soñarrera momentánea.
A la invitación á incensar, respondió Catalina con desdeñoso gesto. Entonces, Taonés, seguido de sus ayudantes, entró por una puerta lateral. Traían la máquina, y el público emitió una exclamación larga, obscura. Quizás protestaban; quizás suspiraban de placer ante la peripecia del drama interesante. Los verdugos se acercaron á la princesa. El vaho de sudor y desaseo de Taonés la hizo retroceder mecánicamente. Una risa silenciosa descubrió los blancos dientes de dogo del etíope. Sabía que las joyas y preseas del ajusticiado eran suyas de derecho, y renegaba de las cristianas vestidas de lana, sin ajorcas, sin sartas, sin adornos. ¡Siquiera esta era una galilea magnífica, ostentosa! Hizo una señal á su primer ayudante Sicamor para que, al amarrar á Catalina, arrancase la diadema de orientales, inestimables barekets, los copiosos hilos de perlas, gruesas como ojos de grandes peces, y, sobre todo, la famosa de Cleopatra. Si no le concedían tal enorme tesoro, por lo menos mucho valdría el rescate. Mientras un sayón rodeaba las muñecas de la mártir con ligero cordelillo, Sicamor, espantado, se acercó al oído de Taonés.