—No puedo obedecerte, maestro... Mis dedos han pasado al través de las esmeraldas y las perlas sin poder asirlas... Son aire...
—¿Te han enloquecido los dioses?
—¡Te digo que son aire!...
—¡Aún es tiempo, Catalina!—reiteró el pontífice, insinuante.—Aún puedes postrarte ante los Númenes sagrados.
Otra vez la bella cabeza negó... Taonés adaptó el cuerpo á la máquina: Catalina misma ayudó, colocándose según convenía. Un punto, Maximino pareció sacudir el sueño, y preguntó qué era aquello, qué significaba el extraño mecanismo. Antes de enterarse de la respuesta, los vahos de la borrachera se espesaron, y repantigándose, abierta la boca, roncó. Para cubrir los ronquidos imperiales y los ayes de la víctima, el pontífice dispuso que los músicos adscritos al templo de Helios tañesen flautas y agitasen sonajas violentamente. Y el verdugo, haciendo girar la manivela, puso las ruedas en movimiento.
Un relámpago de chispas agudas, un torrente de carmín, difluyendo y empapando el cándido ropaje de la filósofa... Del gentío se destacó un hombrecillo negruzco, desharrapado, con dos brasas por pupilas. Enhebrándose entre los balaustres del barandal, logró acercarse á la virgen que, toda sangrienta, miraba al firmamento metálico, cual si buscase los ángeles que habían de sostenerla en la prueba. El solitario alzó su mano de cecina, trazó en el aire la cruz... Y la máquina horrible saltó desbaratada, despedida cada rueda hacia distinto punto, hiriendo á los jueces, á los verdugos, á los espectadores y á los sacerdotes del Arquero...
La confusión fué tal, que el pontífice juzgó hábil aprovecharla. Mandó á Taonés, pues había estado tan torpe en construir, que apresurase el final; y el negro se atrevió á separar el velo ya desgarrado por mil partes y á tomar en su izquierda mano, donde apenas cabía, el raudal de la mata de pelo de la princesa, enrollándola y afianzándola vigoroso. Catalina comprendió. Su corazón latió y anheló como paloma torcaz apresada.—Voy á ti—suspiró, mirando el aro luminoso del impalpable anillo que rodeaba su dedo. Bajó la frente; la corva espada del verdugo describió un semicírculo y cayó, tajadora, sobre la nuca. El público, cogido de sorpresa, rugió, gritó insultos á Apolo, fingido numen, al César-cerdo que seguía roncando. Taonés, alarmado, soltó el largo pelo y la cabeza de Catalina, que cayó cercada del magnífico sudario de su cabellera, tan luenga como su entendimiento, y como él llena de perfumes, reflejos y matices. Del tronco manaba un mar, no de sangre bermeja, sino de candidísima, densa leche; las ondas subían, subían, y en ellas se hundían los pies de los verdugos, y ascendían hasta más allá de los peldaños de la plataforma, y se remansaban en lago de blancor lunar, hecho de claridades de astro y de alburas de nube plateada y plumajes císneos. El cuerpo de la mártir y su testa pálida, exangüe, perfecta, flotaban en aquel lago, en el cual los cristianos, sin recelo ya, bañaban su frente y sus brazos hasta el codo, empapaban sus ropas, refrigeraban sus labios. Era el raudal lácteo de ciencia y verdad que había surtido de la mente de la Alejandrina, de sus palabras aladas y de sus energías bravas de pensadora y de sufridora. Y como si aquella sangre fuese licor fermentado y confortado con especias que los exaltase, la indignación hirvió entre los partidarios de la fe nueva y entre los mismos serapistas, que con ellos simpatizaban, porque ya la conciencia se saturaba de cólera y protesta ante la prueba tres veces secular de los martirios; y, enseñando los puños al César aletargado y á su guardia, vociferaron: «¡Muerte, muerte al tirano Maximino!» La guardia, desnudando sus cortas espadas romanas, dió sobre los amotinados, que hicieron cara, sin armas, con los puños. Y mientras luchaban, Maximino, repentinamente desembriagado, miraba atónito, castañeteando los dientes de terror frío, el puro cuerpo de cisne flotando en el lago de candor, la cabeza sobrenaturalmente aureolada por los cabellos, que en vez de pegarse á las sienes, jugaban alrededor y se expandían, acusando con su halo de sombra la palidez de las mejillas y el vidriado de los ojos ensoñadores de la virgen... Á la memoria del emperador, las profecías retornaban; sin duda el Dios de Catalina era más fuerte que Apolo, que Hathor, que Serapis, que el mismo Imperio de la loba—y le había sentenciado á perder trono y vida, á desastroso fin, á la derrota de sus enseñas y á que todas sus ambiciones se frustrasen.»
El canónigo suspendió el relato, ó mejor dicho, parecía darlo por concluso.
—¿Y el cuerpo de la princesa?—preguntó Lina—. ¿Qué paradero tuvo?
—¡Ah!—respiró el Magistral—. Eso lo digo en las notas. Los ángeles lo enterraron en el monte Sinaí, donde fué venerado largo tiempo. Sin duda los cristianos de Alejandría trataron de que el precioso despojo no sufriese ninguna vicisitud, pues en aquella ciudad, hasta muy entrado el siglo V de la Iglesia, el encono de las luchas religiosas y filosóficas no cedió, y la faz opuesta del martirio de Catalina fué la lapidación de Hipatia.