—¿Y el matador de Catalina? Creo recordar que á ese Maximino Daya le suprimió Constantino.
—Diré á usted. Constantino realizó la idea genial que se le había ocurrido á su socio; se apoyó en el cristianismo y robusteció su poder. Pero no sería exacto decir que suprimió á Maximino. En la lucha entre los socios, Daya fué derrotado, y en Tarso se suicidó. También consta extensamente en las notas.
—Todo está muy bien—criticó Polilla—, excepto los milagros. Únicamente... vamos, Carranza, es preciso que usted reconozca que la historia de esa Santa del siglo III, á estas alturas, nos importa menos aún que la de Baldovinos y los Doce Pares de Francia. ¿Quién se acuerda de la hija de Costo? Hábleme usted á mí de otras cosas; de inventos, de progresos, de luz. Lo demás... antiguallas, trastos viejos... y...
—Y polilla...—sonrió Lina, azotando con su guante de negra Suecia la cara acartonada del amigo.
Fuera, había escampado. Húmedas estaban aún las piedras de la calle. Bajo un árbol, á la muriente luz de una tarde larga, encalmada, grupos de niñas, á saliente de la escuela, cantaban en corro. Su canción pasaba al través de los vidrios. Y se oía:
Que Catalina se llama—sí, sí...
que Catalina se llama...
—Escuche, escuche, don Antón..., ordenó Lina;—y las arrapiezas, con su argentado timbre de voz, continuaron:
Mandan hacer una rueda,
mandan hacer una rueda
de cuchillos y navajas—sí, sí...
de cuchillos y navajas...
Medió un corto espacio, y el fresco vocerío surtió de nuevo como agua de fuentes vivas, inagotables:
Levántate, Catalina,
levántate, Catalina,
que Jesucristo te llama—sí, sí,
que Jesucristo te llama...