Llegamos... En el momento de bajarme en el zaguán y de cuadrarse el solemne portero—de levitón largo, cara lunar entre dos chuletas negras bien lustradas—ante la soberana nueva, recuerdo las pocas veces que he venido aquí, siempre acuciada por D. Genaro para que me reintegrase á Alcalá cuanto antes. Me asalta otra vez la inquietadora extrañeza. ¿Por qué me lega sus millones la que casi no me ha visto? Evoco memorias.

Cuando era introducida á la presencia de doña Catalina Mascareñas y Lacunza, viuda de Céspedes, medio se alzaba del sillón; las mejillas se le encendían, bajaba los ojos, como para no verme, y con voz un poco ronca me preguntaba:

—¿Cómo te va, Natalia? ¿Qué tal de salud?

—Muy bien, tía...

—¿Careces de algo? ¿Te falta alguna cosa, vamos, para tu vida?

—No señora—respondía, mortificada y altanera—. Tengo lo suficiente.

—¿Eres buena? ¿Te portas bien?

—Se me figura que sí...

Brevemente, como deseosa de cortar la conferencia (tres fueron en once años) la señora se levantaba, abría un armario, revolvía en él un poco, y me ponía en las manos un objeto, diciendo:—Para tí.—La primera vez, un rosario de oro y perlas barrocas; la segunda, un reloj-saboneta de esmalte; la tercera, una sortija-semanario, de ensaladilla. Este último regalo me gustó mucho. No he tenido otra joya, y por las joyas siento pasión magdalénica.

—Bueno, bueno—farfullaba la señora al murmurar yo las gracias.—Cuidado, no nos dés disgustos...