Farnesio, presente á la entrevista, me hacía seña. «Adiós, tía Catalina...»

—Adiós, hasta la vista, Natalia, avisa si te ocurre algo...—Y me retiraba, con la cabeza gacha y el andar tímido, oblicuo, de los parientes pobres, de los protegidos humillados.—¡Ahora!

Hinco la planta en la alfombra que trepa por la escalinata de mármol, con la energía violenta de una toma de posesión. Farnesio me coge por la muñeca, y, en voz baja, balbuciente:

—¿Quieres verla?

Me escalofrío como si me soplasen en los abuelillos del cogote... ¡Verla! ¡Está de cuerpo presente! ¿Y qué? ¡No me conviene mostrarme pueril, ni medrosa!

—Voy. Muy justo que rece un Padre nuestro.

La capilla ardiente es el salón, fastuoso y anticuado, con profusión de doradas tallas y espejos, magníficos tibores, cuadros de mérito y colgaduras de una estofa brochada que se tiene de pie. Han armado en el fondo el altar donde mañana se dirán las misas; un crucifijo de marfil lo preside; al pie del altar, entre blandones, el féretro. Las ventanas están abiertas, los cirios arden. Huele á lo que huelen las flores á la media hora de contacto con un cuerpo muerto, y cuando su aroma se mezcla con efluvios de cera y cloruro. Siento otro escalofrío chico: los ojos se me han ido directamente, atraídos sin resistencia, á la cara de la difunta, dorada al oro verde por la luz de los cirios tristes. La han amortajado con hábito del Carmen, y el cerco de la toca presta á su fisonomía una nobleza y una austeridad que en vida no tuvo. A todo el que entra en una cámara mortuoria le pasa lo que á mi: la cara del muerto imanta la vista. Dos Siervas de María velan sentadas, leyendo en un libro de negra cubierta; un criado antiguo, Mateo el jardinero, de rodillas, marmonea una oración, comprimiendo sobre el pecho, con ambas manos, un sombrero blando muy raído. Las Siervas, al verme, se levantan, me saludan en sordina, me acercan un almohadón rojo, para que me arrodille con comodidad. ¡Soy la heredera! Con el espíritu pegado á la tierra, murmuro rezos. Farnesio se queda en pie detrás de mí. Con esa agudeza de percepción que poseo, todo el tiempo que dura mi plegaria noto los ojos del intendente que escrutan mi nuca y mis hombros, y reprueban lo superficial de mi plática con Dios. Me incorporo, y dentro de mí zumba un acento apremiante, venido no sé de donde. «Hay que besarla... Tienes el deber de darla un beso... Será muy feo que no se lo des...» Desoigo la voz. «Desde hoy no conozco más ley que mi ley propia...» decido, al retirarme con tranquilo paso, no sin haberme persignado é inclinado al modo ritual. Al encararme con Farnesio, noto que algo semejante al rastro de baba de un caracol espejea en sus mejillas. ¿Llanto? ¿La quería de verdad á esta señora tan pava, tan poco interesante? (En el momento actual, lo de pava será irreverente, pero ¿existen irreverencias interiores?)

—¿Mi dormitorio, mi tocador?—pregunto imperiosamente. No conozco la distribución de la vivienda; pero supongo que no se les ocurrirá indicarme la habitación donde doña Catalina exhaló su postrer aliento.

Me precede Farnesio, por ancho pasillo, hasta una estancia lujosa, como toda la casa. Me tranquilizo. Se ve que no está habitada desde hace tiempo. Ostenta aparatosa cama de ébano, con colcha de raso rosa, velada de guipur, y muebles de ébano, también macizotes.

—¿Mi doncella?