Sorprendido al pronto, parpadeó D. Genaro. ¿Por qué? ¿Pues no voy á tener doncella, y también doncellas, teniendo millones? ¿Puede que crea Farnesio que he de seguir con mi maritornes alcalaina? Al fin toca el timbre, y aparece una sirviente añeja, especie de dueña azorada, prevenida contra mí (es visible) desde antes de conocerme.

—¿Es usted la primer doncella?

—Sí, señora... Para servir á la señora.

—Llame usted á la segunda.

—No... no está.

—¿Cómo se entiende? ¿No está?

—Ha salido á recados... D. Genaro sabe...

—Bueno; en lo sucesivo, no se sale sin mi autorización.

—Muy bien, señora. Yo no salgo nunca.

—Prepáreme usted un baño... ¿Habrá cuarto de baño, verdad?