—¡Porque Natalia... es más bonito! Es decir, supongo que sería por eso,—añade, ya aplomado—pero es imposible averiguarlo, no habiendo medio de preguntárselo á tus padres!

—Pues desde hoy, Catalina vuelvo á ser.

En mi saco, guardo una maravilla de arte que pretextará mi excursión por el deseo de que mis amigos la vean y estudien. Es una medalla que parece del XV. La descubrí en el oratorio de doña Catalina, churreteada de cera y protegida por un vidrio oval y un marco indecoroso, de coral basto y recargada filigrana.

Visto un luto sencillo, y me voy á la estación completamente sola. Saboreo la confusa sorpresa de encontrar que un cambio tan capital en mi suerte no altera mis impresiones. Como siempre, me embelesa el paisaje, que la primavera empieza á realzar con tímidos y blanquecinos toques verdes, con idealidades de acuarela (la primavera es acuarelista). La sensación tranquila y señorial de Alcalá es la misma, igual la impresión de limpieza de sus aceras de ladrillo y su caserío claro. Á pie voy desde la estación á mi casa. Cerca del bulto de bronce de Cervantes, ¡castizo bulto! me cruzo, casi á la puerta de mi domicilio, con las hijas del Juez, las que me ponían motes. De sorpresa, se inmovilizan. Me devoran, con mirar hostil. Luego, con aire de sufrimiento, vuelven la cara. Voy ataviada sin pretensiones ningunas, pero mi toca negra es parisiense, mi sotana de casimir, del gran modisto, mi luto una apoteosis. Mi bolsita de cuero negro luce inicial de chispas. El dinero es tan difícil de ocultar como la pobreza. ¡Qué de envidias! ¡Qué de charlas chismosas! ¡Cómo rabiarán!

Vuelta á ver mi casita, me hace el efecto de uno de esos lugares donde estuvimos de niños, y que juzgábamos mucho mayores. Sidra me acoge con una mezcla de resabios familiares y terror respetuoso. ¡Su señorita, la que la regañaba por diez céntimos mal administrados! ¡Y ahora, no saber adonde llega mi fantástica fortuna!

—Bueno, Sidra, cállate, barre mucho, friega mucho... Traerán la comida de Madrid; tú enciende el fogón, para que la calienten... Y manda un chiquillo á avisar al Sr. Doctoral y á D. Antón. ¡Que almuerzan conmigo! Y si le estorbase al Sr. Doctoral almorzar, por las horas de coro, que le aguardo á las tres para el café, y que cenará aquí.

Ninguno pudo acudir á almorzar. Á las tres, llegaron radiantes. Intentaron un retrasado pésame, que sonaba á enhorabuena.

—Déjense de niñerías. Ya sabemos que esto es motivo de felicitación—advertí.—No lo oculten, puesto que lo piensan.

Se rieron. Leí en sus caras la satisfacción de verme, y de verme tan dichosa, sin género de duda. Yo también reía. Fué un momento sabroso, en que revivieron los tibios afectos y las intimidades apagadas del pasado.

Empecé á hartarles de café extraordinario, de ron muy viejo, de licores primera marca. ¡Bastante agua chirle les había dado en mi vida!