—¿Se acuerda usted, Carranza, de cuando me regalaba usted, de tiempo en tiempo, una librita de molido, porque mis recursos...? ¿Buen cambiazo, eh? ¿Qué tal, si le hago á usted caso y entro monja? No, no se excuse; su intención era buena, de fijo. Las circunstancias mandan en nosotros. Viviendo Dieguito Céspedes, yo estaba mejor emparedada...

El canónigo sonreía de un modo pacato, mirándose los rollizos pies, que asomaban calzados de vaca reluciente, con plateada hebilla.

—Sin embargo—añadí—, Dieguito y yo cabíamos en el mundo. ¿Qué estorbo le hacía esta infeliz? Mi pensión, de dos mil pesetas, no mermaba su caudal. Y usted sabe que yo era incapaz de pedir más, de molestar á mi...

—A tu respetable tía doña Catalina—atajó el ladino y erudito eclesiástico—. De sobra conocemos tu delicadeza. Pero, Nati, eso del monjío y la mesada son viejas historias. Casi prehistoria, niña. Doña Catalina Mascareñas te ha dado una prueba bien estupenda de su cariño, y nosotros, contentísimos de que lo haya heredado nuestra Natalita—porque supongo que nos permites llamarte así.

Lo dijo con tono ahidalgado, con esa seca y grave cortesía castellana, que rebosa dignidad.

—Lo único que no permito es que me llamen Natalia. Catalina me pusieron en la pila. Llámenme Lina, ¿eh? ¿Convenido?

—Corriente... ¡Lina, consejo de amigo antiguo! Yo intenté, hace tiempo, darte un esposo sin tacha. Ahora, escógetelo bien tú... Mira lo que vas á hacer...

—¡Esto ya no se puede sufrir!—grité afectando indignación—. Ayer me quería usted meter entre rejas, hoy casarme. ¿De dónde saca usted...?

Desde su rincón, D. Antón de la Polilla me hacía misteriosos guiños.

—No te vas á quedar vistiendo santos... No es bueno para el hombre vivir solo. ¿Qué diremos de la mujer?