—La mujer que posee un capital, debe considerarse tan fuerte como el varón, por lo menos—sentencié.
—A veces—arguyó el Magistral—el dinero es un peligro. ¡Expone á tantas cosas!
—A mí, no—respondí tranquilamente—. A ustedes les consta que he cursado en las aulas de la necesidad. No hay doctora complutense que me pueda enseñar esta asignatura. Y he visto que las pobres no infunden pasiones.
—De todos modos... Polilla, déjese usted de hacer morisquetas, y ayúdeme. ¿No cree usted también que Nati... digo, Lina... debe casarse?
—Hay—enfatizó el volteriano—una ley imperiosa, grabada por la naturaleza en nuestros corazones, que nos manda amar.
—¿Ha recogido usted alguna estela donde se inscriba esa ley?—pregunté malignamente—. ¿Y se ha enterado usted de que no hablábamos de amor, sino de matrimonio?
—Hija mía—baboseó el vejete—, eres pesimista de sobra. Dices que tu pobreza... Yo he visto á más de un teniente pasear esta plaza mirando hacia tus balcones.
—Era su deber, como las guardias. ¿Qué hace un teniente aquí, si no mira á los balcones? Me miraban... como se mira al mar cuando no hay propósito de embarcarse.
—Insisto, Lina—decretó Carranza—. Necesitas sombra.
—Tengo á Farnesio... Me sombreará, como sombreó á doña Catalina.