El golpe era traicionero. Estudié la fisonomía de Carranza, aquella faz de medalla romana, de papada redondeada y labios irónicos á fuerza de inteligencia. Juraría que se alteró un poco.
—¡Farnesio no es... pariente ni deudo tuyo!... Se necesita familia...
—Se necesita querer—mosconeó Polilla, sentimental.
—¡Tiene gracia! Usted, Carranza, sin familia vive, y hecho un papatache... Y usted, don Antón, no supongo que haya sido un Amadís... Pero, en fin, si á querer vamos, le querré á usted. Capaz soy de ofrecerle mi blanca mano.
¡Ridiculez humana! Polilla se emocionó. Su cráneo pequeño, raso y satinado como manzana camuesa madura—excepto el cerquillo gris que orla el cogote y trepa hasta la sien—, se sonrojó como el camarón cuando lo echan en el agua hirviendo. Y el caso es que comprendió la chanza y la devolvió.
—Aceptado, Linita... Carranza, bendíganos, aunque eso en mis principios no entra.
Le miré con afecto, con dejos de añoranza... Los dos señores eran mis iniciadores intelectuales. Por ellos podía yo saborear más conscientemente las mieles de la riqueza. En este pueblo decaído, entre estos amigos trasconejados, sazonados con especias de sabiduría, yo fuí abeja libadora de secretos y curioseadora de flores marchitas, todavía olientes. Por dentro, habia vivido más intensamente que las fátuas cuyo nombre traen y llevan los revisteros de salones. Sonreía de gozo ante mis maestros. El Magistral, ceremonioso y malicioso, enemigo de quimeras, antiromántico, con su fisonomía más ancha abajo que arriba, sus ojos agudos tras los espejuelos, su azul barbilla rasurada, su entendimiento orientado hacia las fuentes claras y cristalinas del clasicismo nacional; Polilla, vivaz como un roedor y tierno como un palomo, con su geta color de hueso rancio, su bigotillo cerdoso, sus dientes semejantes á teclas viejas que enverdeció la humedad, su terno color ocre, su corbata con rapacejos y sus botas resquebrajadas, representaban la luz de mi conocimiento, la formación de mi mentalidad; yo les era superior, no en el saber, sino en el sueño... Mientras saboreo la cordialidad de mi emoción y la nostalgia inevitable del pasado, no pierdo de vista mi propósito.
¡Es evidente que nada sacaré de Carranza! El único que se entregará es Polilla.—Hay que quedarse sola con él.
La casualidad lo arregla. Vienen á traer al Magistral un recado urgente del Deán. Intrigas, cabildeos. Carranza responde que va en seguida, pero no querría marcharse sin ver la placa del XIV ó del XV que le he anunciado. Cuando se la presento, libre de marco y cristal, limpia, prorrumpe en exclamaciones.
—¡Qué portento! ¡Pero de dónde sale esto! ¿Dices que del oratorio de la señora de Mascareñas? Naturalmente, como que es su Patrona, Santa Catalina de Alejandría... ¡Pero no haberla visto yo!