—¿No entró usted nunca en el oratorio de la señora?

—No, jamás—responde, con su estudiada reserva de camarlengo del Papa—. Apenas si fuí allá dos ó tres veces á visitarla, por asuntos de administración, pues quiso tu tía encargarme de la hacienda que hoy posees en Alcalá. ¡Pero figurate mi júbilo! Casualmente (dedicada á la señora de Céspedes), tengo yo escrita una relación de la vida de esa santa. Pensaba ofrecérsela, pero Dios dispuso...

—¿La vida de la filósofa? Dedíquemela usted á mí. Haremos que vea la luz.

—¡Lina, eres toda una señora! No sé como agradecerte...

—La placa—interrumpí yo—¿será del XIV?

—Del XV—intervino Polilla. ¿No nota usted el plegado del traje? Y el procedimiento del esmaltado... Y todo, todo...

—La Santa debía de ser muy elegante...

—Vaya... ¡Refinadísima!

—Mañana, despacio, por la tarde, me leerá usted la relación, y repito que la edición corre de mi cuenta.

Se dilató el semblante del erudito. Ya se veía empaquetando ejemplares para enviar á los académicos que á veces le escriben, no más que para consultarle cosas de Alcalá y sus contornos. Ahora verían que puede dominar otros asuntos su pluma.