—Leeré—dijo—únicamente lo narrativo. Las notas serían enojosas. Quedan para la impresión.
—Bien pensado.
Y me dejó sola con D. Antón de la Polilla.
V
No necesito diplomacia, ó por lo menos, no necesito astucia con este amigo, cuya boca no sufre candados.
—Me estaba riendo, D. Antón, de los guiños que usted me hacía.
—Ya, ya lo noté... ¡Ese Carranza! ¡Qué clérigos! Antes, empeñado en meterte en un claustro, y ahora... ¡Vamos, son criminales; no reconocen ley moral desde el momento en que se ordenan!
Le llevé la corriente.
—En efecto, á mi me parece que eso no está bien, y lo que más me fastidia, Polillita, de los eclesiásticos, es el prurito del disimulo; la falta de franqueza. Carranza tiene la manía de hacer misterio de todo; de tonterías sin importancia.
—Una chifladura... Lo menos se cree en las antecámaras del Vaticano, revolviendo el guiso negro de aquella diplomacia. ¡Oh! ¡Qué cosa más artística, confitarse en discreción! ¡Prodigar detalles sobre lo que pasó hace dos mil años, y guardar una reserva ridícula, sobre lo que ha sucedido ayer, y, además, no importa nada absolutamente!