—¿Qué fin se llevará en eso la gente de iglesia, D. Antón? ¿Á qué vendrá tal arte de maquiavelismo?

Polilla frunció la boca y enarcó los dos hopitos de las cejas.

—¡Ay, hija mía! No dudes que algún fin llevan; que ese sistema de disimulo les da buen resultado. No hay como ser zorro. En estos zorritos se fía la gente. En un hombre franco, no. Ya verás, ya verás si Carranza se las arregla para buscarte novio de su mano; y claro, después mandará en tu casa y en tí y satisfará sus ambiciones. No tengas miedo de que se pierda! Pero yo trataré de madrugar y defenderte...

—Usted es muy buen amigo—declaré.

—No, no vayas á creer que no nos estimamos el Magistral y yo. Como digo una cosa digo otra. Entablé á mi vez el elogio de Carranza.

—¡Oh! ¿Qué me va usted á contar? Es persona que vale mucho. También D. Genaro Farnesio es excelente y parece que me quiere de verdad. Y... ¿conoce usted á D. Genaro?

—Sí, desde hace muchos años. Alguna vez se ha dejado caer por aquí, con motivo de asuntos administrativos de doña Catalina. Cuando tú eras niña, venía bastante amenudo. Era el tiempo en que cuidaba de ti aquella Romana, la que luego se puso tan enferma que fué preciso enviarla á su pueblo, á Málaga, donde murió. Después te colocaron de interna en un colegio de Segovia. Y luego, cuando fuiste mayor, te trajeron aquí, con una bruja vieja que se llamaba doña Corvita. Ya te acordarás: estaba medio ciega y hacías de ella á tu capricho.

—¿Y mientras estuve en Segovia yo, también venía por aquí el señor de Farnesio?

—Déjame recordar... No; se me figura que por entonces no venía.

—Ese apellido de Farnesio debe de ser ilustre. D. Antón, usted que todo lo sabe, ¿conoce el origen de ese apellido?