—Hay una dinastía de príncipes que lo han llevado, pero el Sr. D. Genaro no procede de esos príncipes, sino probablemente de la aldea de Farneto, de donde los Farnesios eran señores, y daban su nombre á los aldeanos, como ha sucedido también algunas veces en España. Esto de los apellidos engaña mucho. Los hay que suenan y no son; y los hay que son y no suenan. ¿Creerás que, por ejemplo, el de Polilla es de los principales apellidos castellanos? Los Polillas, según he podido rastrear en Godoy Alcántara, venían de...
—¡Sí, sí, lo recuerdo!—exclamé evitando que aquel enemigo de toda preocupación nobiliaria me espetase su genealogía—. Pero se me ocurre: D. Genaro Farnesio, ¿es italiano?
—El, no. Lo era su padre.
—Y á su padre ¿le conoció usted también?
—Precisamente conocerle, no. Supe que era cocinero del señor de Mascareñas, el padre de doña Catalina. D. Genaro nació en la casa.
—¡Qué bien enterado está usted siempre, Polillita! Es un gusto consultar á usted.
Sonríe, halagado, enseñando las teclas añejas de su dentadura.
—¿Diga usted—porfio—, D. Jenaro viviría siempre con los señores de Mascareñas?
—No por cierto. Tendría veintitrés años cuando, acabada su carrera de abogado, empezó á rodar por ahí, empleado en Oviedo, en Zamora, en León, en secretarías de Gobierno civil y varios destinos.
—¿No se casó nunca? Yo me figuraba que era viudo.