—Cállese usted, D. Antón... ¡Estoy en el quinto cielo! Pues qué, al desear conocer á su amigo—porque yo lo deseaba—¿acaso me prometía encontrarme á un cualquiera, con ideas hechas? Expóngame usted su criterio acerca de todo... Por ejemplo... del amor... ¿Cómo lo comprende usted en esa sociedad transformada?
—Yo... Si usted tiene el alto valor de preferir la verdad...
—¡Ah! ¡Bien se ve que usted no me conoce!
—Pues yo creo que el amor, tan calumniado por las religiones oficiales, que han hecho de él algo reprobable y vergonzoso—cuando es lo más sublime, lo más noble, lo más realmente divino—, tiene que ser rehabilitado.
—¿Y cómo, y cómo?
—Para desterrar la idea de que el amor es cosa afrentosa, es preciso un cambio radical en la pedagogía. ¡Es indispensable que en la escuela se enseñe á los niños lo augusto, lo sagrado de ese instinto! Hay que hacer sentir al niño la belleza de las leyes universales de la creación, la transcendencia del misterio sexual, su poderosa poesía... ¿No se va usted á incomodar?
—No señor. Considéreme usted como á uno de esos niños que en la escuela han de aprender todas esas cosas.
—En el momento en que se inicie á la niñez en tan graves problemas habremos destruído el imperio del sacerdote sobre la mujer.
—¡Háblale tú de eso á Linita!—explotó Polilla.—El ciego fanatismo colocó á su lado á dos sotanas, para hacerla monja contra su voluntad. Y si ella no tiene tanta fuerza de ánimo, á estas horas está rezando maitines. Y si (séame permitido ufanarme), no me encuentro yo allí, á su lado...
—Vamos, uno de tantos crímenes ocultos—asintió Aparicio.