—Nada... El amor—rectificó segundos después.

Desplegué una habilidad gatesca para animarle á que se expresase sin recelo. Cuanto más recargaba, mostrábame más persuadida. A mi vez, tomé la palabra, manifestando el anhelo de consagrarme á algo grande, singular y digno de memoria. Este deseo me había atormentado, allá en mi retiro, cuando de ninguna fuerza disponía. Ahora, con la palanca que la casualidad había puesto en mis manos, creía poder desquiciar el mundo... Si alguien me dirigía, me auxiliaba, me prestaba ese vigor mental de que carecemos las mujeres...—Supe, con suavidad, hacerle creer que de él esperaba el favor. Yo aportaba lo material, pero mi materia pedía un alma...

Polilla temblaba de júbilo.

—¡Ya lo decía yo! ¡Si tenía que ser! Estabas preparada... ¡Cometieron contigo la injusticia... y la injusticia clama por la venganza y por el acto redentor! ¡Con qué gozo lo veré, desde mi rincón, porque, viejo y pobre, no puedo más que admirarte! ¡Para la juventud son los heroísmos! ¡Lina, Lina!

Anochecía, y empezaba á parecerme pesado el bromazo. La brillantina del proco apestaba y me cargaba la cabeza.

—Voy á dejarles á ustedes en la plaza de Oriente, donde hay tranvia—avisé—. Me agradaría que D. Hilario continuase enterándome de sus teorías, que no entiendo bien aún. ¿Por qué no se va usted mañana á almorzar conmigo, D. Antón, y el Sr. Aparicio le acompaña?

—Hija mía—repuso el erudito—yo no tengo más remedio que volverme mañana á Alcalá. Ya sabes que mi menguado modo de vivir es el destinito en el Archivo...

¡Corriente! Conozco el secreto de esas vidas sin horizonte, que se crean un círculo de menudos deberes, y de hábitos imperiosos, tiranos. Por otra parte, me conviene que desaparezca Polilla y me deje en el ruedo frente á frente con el proco.

—A usted le espero...—insinuo, estrechando la mano, tiesa y rígida en la cárcel de los guantes.

Se confunde en gratitud...